Pese a la presión vecinal y los intentos del Ayuntamiento por minimizar sus molestias, esta práctica juvenil siempre busca el modo de salir a flote frente a las prohibiciones.
15 sep 2010 . Actualizado a las 13:46 h.El botellón coruñés tiene una nueva cruz en el recorrido que viene haciendo desde hace más de diez años. Las quejas vecinales han impulsado al Ayuntamiento a convertir a la Colegiata en una zona de especial protección, igual que la plaza de Azcárraga. Ello supondrá que, desde el día en la que la norma entre en vigor, las decenas de jóvenes que últimamente habían encontrado en la zona el sitio perfecto para sus reuniones nocturnas tendrán que acudir a otro lugar.
La historia no es nueva. Como un tubo que al apretarlo vierte su contenido por las fugas que genera, con el botellón ocurre lo mismo. Cuando se presiona por un lado, aparece en el otro; cuando se prohíbe en una calle resurge en una plaza; cuando los vecinos de un vial se libran de su pesadilla, otros sufren las molestias; cuando los chicos piensan que ya tienen el lugar perfecto, se les obliga a desplazarse.
Ya en el 2004, cuando el fenómeno empezó a manifestar en la plaza del Humor su cara más negra -destrozos, ruidos, peleas...-, el Ayuntamiento decidió instalar varias cámaras en la zona. Entonces, botellón aún se escribía entre comillas en los titulares y ni se planteaba la posibilidad de prohibirlo. Los vecinos, resignados y faltos de organización, convivían cada fin de semana con él.
Sin embargo, en la primavera del 2007 se empezó a detectar un nuevo foco de botellón en la plaza de Azcárraga. Con la llegada del verano y el bueno tiempo el emplazamiento se consolidó, dejando a la plaza del Humor en un segundo plano. Llegó a albergar los sábados a 2.000 personas que, además de beber, introducían vehículos con potentes equipos de música en el plaza. Hartos de la situación los residentes iniciaron actos de protesta en septiembre. Poco después, se unirían los de de la plaza del Humor. La presión tuvo su repercusión en María Pita y la Concejalía de Seguridad Ciudadana lanzó un plan de choque.
En principio, el plan tenía intención de disuadir a los chicos con la presencia policial, pero fracasó. Las protestas continuaron y fueron cada vez a más, hasta lograr lo que años atrás parecía imposible: la eliminación del botellón en el plaza de Azcárraga y del Humor. Fue en julio del 2008, cuando la ordenanza local para regular la convivencia en el espacio público, más conocida como antibotellón, entro en vigor y devolvió la tranquilidad a unos espacios que parecían condenados a ser macropubs al aire libre.
La norma tuvo efectos secundarios: la masa de jóvenes se trasladó a los jardines de Méndez Núñez y otro punto conflictivo, la plaza de Santa Catalina, incrementó su bullicio. Colectivos vecinales de la ciudad pidieron la prohibición total de la práctica en toda la ciudad. Por su parte, hosteleros y residentes en la plaza de Santa Catalina lucharon para que, al menos, su zona quedase liberada.
Los primeros fracasaron. De hecho, los jardines reúnen aún a cientos de jóvenes cada semana. Los segundos lograron su objetivo. En noviembre del 2009 Santa Catalina, el Africano y la Cormelana pasaron a gozar de la especial protección que ahora se extenderá a la Colegiata.