La aterradora cifra de mujeres salvajemente agredidas o asesinadas por hombres con los que estaban o habían estado relacionadas ha vuelto a subir. Dos casos en una semana en una misma localidad gerundense hacen que la noticia retorne a las primeras páginas, sobre todo porque son ya 32 las muertas en lo que va de año. La cifra podría haber subido ya a 33, si el disparo que recibió anteayer una mujer en A Coruña hubiese impactado a solo unos centímetros de donde lo hizo.
Vuelve la preocupación y, con ella, la exigencia de más intensidad en la persecución de los agresores y en la protección de las agredidas.
Todo hace falta. Pero es probable que las medidas de persecución de quienes ya han entrado en la espiral de la violencia sigan siendo dramáticamente insuficientes para conseguir una reducción significativa del número de víctimas, si no hay también actuaciones contundentes en las etapas anteriores al ataque decisivo. Entre otras razones, porque el grado de preparación en algunos casos o el suicidio del asesino en otros indican que quienes así actúan no temen las consecuencias, por lo que la vía represora sería insuficiente. La espeluznante afirmación escuchada a un experto en un programa radiofónico de que una decena de hombres probablemente planean en este momento un ataque es tan efectista como probablemente real. Y revela la necesidad de actuar antes a todos los niveles. Desde la ejecución real de muchas de las medidas previstas en el Plan Nacional de Sensibilización y Prevención de la Violencia de Género, a la implicación activa del entorno social y del círculo más estrecho de familiares, amigos o vecinos, desde esas primeras señales -ojos morados o accidentes domésticos sospechosamente frecuentes-, y ante las que en demasiadas ocasiones quienes quieren a la víctima no reaccionan por un, en estos casos equivocado, respeto a la intimidad.