Es otra crisis. No agujerea los bolsillos pero sí los ojos. Es la crisis de las joyas murales expuestas en esquinas, bares y patios de la ciudad, obra de genios de la pintura como Urbano Lugrís. Algunos están a tiro de piedra del agujero del Parrote, que de ser pintura sería obra maestra del surrealismo. Otros agonizan en un lugar de la plaza de Pontevedra de cuyo nombre la Xunta no quiere ni acordarse: el instituto Eusebio da Guarda, la eterna promesa, cuyo arreglo figura todos los años en el capítulo de inversiones, y punto. Allí estudió de niño Pablo Ruiz Picasso. El pintor precoz inauguró exposición en la calle Real a los 13 años, y el crítico de La Voz dejó para la historia la siguiente reseña: «Continúe de esa manera y no dude que alcanzará días de gloria y un porvenir brillante».
Aunque el Ayuntamiento compró la casa en la que vivió el niño Picasso, poco se ha hecho por potenciar la figura del Pablo Ruiz coruñés y apenas cuatro carteles y un par de nombres de edificios recuerdan que el genio más grande de la pintura del siglo XX fue compañero de pupitre de nuestros bisabuelos. Con la suerte que ha corrido en A Coruña la promoción del autor del Guernica, no sorprende la visión sucesiva de murales desconchados, grasientos, ahumados y olvidados, empezando por el mítico del café Vecchio, obra de Lugrís. Otro grande, Leopoldo Nóvoa, hace tiempo que se cansó de pedir que se arreglase el mural que luce a medias en el camino al Palacio de la Ópera, pues lo cercenaron para instalar una pasarela peatonal.
Hablar de la tragedia de los murales quizás parezca inoportuno con la que está cayendo, pero sin duda existe cierto paralelismo entre estos desastres pictóricos y los de la economía. La crisis del dinero y la crisis de los murales son evidentemente la consecuencia de no hacer las cosas bien o de no tomar las decisiones adecuadas en el momento adecuado. Y sus consecuencias son las de siempre: paga el ciudadano de a pie.
Quizás la debacle económica, con los brotes verdes creciendo solo e irónicamente entre los escombros de murales como el del Linar, aparque durante un buen tiempo, demasiado, la recuperación de estas obras de arte. En la situación económica que nos han metido pueden encontrar los responsables políticos una buena disculpa para seguir mirando para otro lado.
Mientras tanto, nos queda conjurarnos para que la crisis, también la del respeto a nuestro patrimonio común, se encuentre entre las paredes de un bar o en una plaza pública, pase volando como las palomas cuyas patas pintaba Picasso en su casa de Payo Gómez. Puede que entonces a alguien en el Gobierno, en la Xunta o en el Ayuntamiento se le ocurra poner en marcha una ruta turística de lo que pudo haber sido y no fue: «Aquí había un instituto en el que estudió Picasso, aquí lucía un Lugrís, aquí un Leopoldo Nóvoa...».