No tiene la buena prensa del Upper East Side neoyorquino ni del Chelsea de Londres, pero así y todo el 100% de los vecinos de Elviña están encantados de vivir en su barrio y no se mudarían de él ni en broma, según un estudio realizado por el Colegio de Arquitectos. Y un reportaje a pie de calle publicado el jueves en La Voz lo corrobora. He aquí algunas de las declaraciones de sus vecinos: «Me paso aquí 24 horas y lo estoy disfrutando a tope», «Para los niños esto es una auténtica maravilla», «Somos como hermanos de sangre», «Aquí puedes comprar sin dinero, te fían sin problemas». El fenómeno se extiende a otras zonas de A Coruña como Novo Mesoiro, Labañou, Monelos o Los Rosales, donde al menos el 60% de los residentes solo harían las maletas con los pies por delante. En este apartado, la encuesta del COAG satisfará al alcalde, que hace unos meses proclamó: «Hoy, a la mayoría de los barrios no los conoce ni la madre que los parió».
Pero el estudio de los arquitectos arroja, además, otras conclusiones. Precisamente son los vecinos de Elviña -un 60%- quienes están más disgustados con los servicios que ofrece el barrio. Queda así claro que el amor a una comunidad poco tiene que ver con la calidad de las infraestructuras o la confortabilidad real, no sentimental, de donde uno vive. Es fantástico que los coruñeses quieran a su ciudad a pesar de los pesares, de los desconchados y los rotos: esté su calle levantada sin explicación, como la del Orzán; vivan rodeados de cables eléctricos colgados de sus fachadas, como en la Sagrada Familia; o tengan que sortear auténticos cráteres lunares y coches en doble fila para llegar a sus garajes, como en la Falperra.
A la carencia de servicios, también subrayada por vecinos de Los Rosales y Novo Mesoiro, precisamente dos de los barrios más jóvenes de la urbe, se une el disgusto por la estructura urbanística. Aquí se llevan la palma, con más del 60% de «lo que menos me gusta», el Barrio de las Flores, Labañou, Matogrande y las Atochas. En el caso del primero es sobresaliente la lectura que hace la profesora Lamela en estas mismas páginas: «Las virtudes que ven los estudiantes de Arquitectura coinciden muchas veces con los defectos que ven los vecinos». Una reseña positiva en las publicaciones especializadas o un premio de arquitectura a un barrio no implica una satisfacción real de las personas que tienen que hacer vida en él: el compás no siempre se preocupa del octogenario que espera en vano una ambulancia. El plan general en proceso de revisión es una oportunidad de oro para compatibilizar ambas cuestiones: estética y vida. Que los coruñeses quieran a sus barrios con locura es una ventaja enorme para quienes han de responder a las necesidades de la ciudad. Pero también una enorme responsabilidad. ¿Que se está haciendo mucho? Salta a la vista que hay que hacer muchísimo más.