La ciudad que se resiste a ser urbana

Ángel Varela

A CORUÑA

28 mar 2010 . Actualizado a las 03:00 h.

Aurora Lista, sus dos vacas y sus cinco perros contemplan con cierta extrañeza las grandes moles de pisos del denominado Novo Mesoiro. Su casa -que se podría calificar sin ninguna duda como de labranza- está a unos escasos cincuenta metros de las residencias de los nuevos urbanitas. Una situación nueva por la que Aurora no siente especial simpatía. «Antes daba gusto, cando había árbores en vez de pisos», señala, aunque matizando que no tiene nada en contra de los residentes, sino del cemento. Respecto al pasado aldeano de Feáns, Aurora -que lleva 48 años residiendo en la misma casa- se limita a decir que «era outra vida na que había moito traballo». Ahora, son las dos vacas las que parecen centralizar el trabajo agrícola. «Acostuman a darnos dous becerros cada ano», resume.

Alguna molestia ha traído también a la cercana residencia de Susa la urbanización de los terrenos antaño rústicos. «Entre as sete e as nove da mañá fórmase unha caravana de coches por diante da miña porta», explica molesta por el ruido que provocan aquellos que optan por atajar por la estrecha pista que acaba en los edificios de Novo Mesoiro. Sin embargo, estos ramalazos urbanizadores no provocan deseos de marchar en una Susa que afirma «afogarse» cuando tiene que desplazarse a la ciudad. Su carnero Albano, y sus ovejas Sofía, Blanquita y Romina (obviamente la preferida del que lleva el nombre del cantante italiano), atienden con atención las explicaciones de una dueña que añora un pasado -«ata os anos setenta aínda había labradores en Feáns que vivían só da agricultura»- en el que «deixábamos as portas abertas cando saíamos da casa. Agora non se nos ocorre».

Otro que recuerda los gloriosos tiempos en los que la agricultura era una forma de vida es José Luis Naya, que lleva más de 20 años poniendo su tractor al servicio de los propietarios de las huertas que circundan el casco urbano. «Na Coruña trabállase a terra o 1% do que se facía hai vinte anos. Antes estaban traballadas a maioría das leiras de sitios como Feáns, Nostián ou Mesoiro, pero os labradores foron xubilándose e agora só quedan os que teñen o da terra como afición», explica un profesional que recuerda también las posibilidades mercantiles que ofrecían unos excedentes agrícolas que «se ían a vender ó mercado de froitas da Grela». «Agora xa non se pode vender alí, porque piden papeis», añade. José Luis recuerda especialmente una de las últimas grandes explotaciones agrícolas que todavía subsistían en A Coruña y que daba beneficios económicos a su dueño. «O home traballouna ata fai tres anos. Tiña unha superficie similar a tres campos de fútbol en Nostián, e podía vender, por exemplo, trescentos manoxos de nabizas diarias. A refinería acabou ocupando o terreo», señala.

Uno de los aficionados de los que habla José Luis es Gerardo Tosar -tío de Luis, el actor-, que tras su jubilación halló al dueño de una leira en Feáns que se la cedió para que la trabajase. «Divírtome moito coa agricultura e sírveme para facer exercicio», explica mientras señala la lista de productos que salen de su habilidad con la tierra: pimientos, repollos, lechugas, patatas... Según el tractorista José Luis Naya, este tubérculo se ha mostrado propicio este año, y, si viviésemos en tiempos pasados, los escasos productores que todavía se pueden encontrar en el término municipal tendrían la posibilidad de vender numerosos kilos de excedente. «O que pasa é que os intermediarios pagan moi pouquiño e non vale a pena», señala, mientras posa delante de uno de los últimos tractores que se pueden ver circulando por unas leiras coruñesas por las que hace 20 años se podían ver agricultores profesionales, y que ahora están pobladas por jubilados que disfrutan manchando las manos de tierra.