En 1998, cuando se esbozó la tercera ronda, casi nadie en España conocía la firma Ikea. Y, desde luego, nadie en Ikea conocía A Coruña. La Xunta -todas las xuntas desde entonces- y el Ayuntamiento -todos los ayuntamientos- tuvieron tiempo para planificar lo que se nos venía encima. No lo hicieron, como queda hoy patente. Ahora juegan al ping-pong acusándose mutuamente del dislate, cuando lo cierto es que ni unos ni otros aportaron soluciones al disparate circulatorio que se avecina. No es tiempo de lamentaciones, pues ya hay bastantes asuntos de los que lamentarse, sino de acciones. Una obra no puede acelerarse poniendo en riesgo la seguridad de los obreros y de la propia obra, pero vendría bien aplicar el menos samba y más trabajar. Porque tras estos ikeas llegarán otros. Y no valdrán de nada las excusas.