Uno de los retos de los ayuntamientos, que son muchos -casi tantos como impuestos tienen que abonar los contribuyentes- es establecer su catálogo de prioridades. En A Coruña, y más si se decidieran a remar todos en la misma dirección (oposición incluida), deberían tenerlo fácil para establecer preferencias, pues la lista es tremenda. Tanto, que los concejales deberían dedicar todos sus desvelos a adelantar, por ejemplo, soluciones a los problemas que se avecinan con la apertura de una macrotienda en la Grela, a ayudar a resolver ya el agujero negro del Parrote, a buscar una alternativa al puente de A Pasaxe, a aclarar la incógnita sobre los edificios de la Fábrica de Armas, de Tabacos, del cuartel de Atocha, de la residencia universitaria, de la vieja prisión provincial... a dar cumplida respuesta a las 42.000 alegaciones al PGOM, a presionar a la Xunta para que acabe con la falta de espacio y de respuesta para los enfermos de alzhéimer, la precariedad de los colegios, o la alucinante normalidad con la que se asumen los colapsos de las urgencias del Chuac y de los juzgados... Son tareas que requieren dedicación plena. Pero en lugar de ello, los ediles la han tomado con las terrazas de María Pita, un asunto que quizás tenga su intríngulis, pero que sin duda no quitará el sueño, ni devolverá el trabajo, a los 19.686 desempleados coruñeses que registra el INEM. Eso sí, por lo menos no les podremos reprochar a los concejales haber empezado la casa por el tejado. Esta vez, han comenzado por la terraza.