Pasión genética por el mar

A CORUÑA

Este marino mercante encontró en el mar su vocación. Su hijo colabora para que todos tengan la oportunidad de navegar

23 feb 2010 . Actualizado a las 12:19 h.

Como si fuera parte de la herencia genética, Senén Fernández Hermida ha transmitido su eterna pasión por el mar a su hijo. Él la lleva padeciendo -o disfrutando, según se mire- desde que era niño y vivía en la Mariña lucense: «Mi madre solía decir que cuando cogía un berrinche solo se me pasaba si me ponían mirando al mar», recuerda este marino mercante y profesor de la Escuela de Náutica.

El barco en el que su tío salía a pescar le sirvió de pila bautismal cuando tenía 13 años: «Me llevaron a pescar aquel verano y me saqué 3.200 pesetas, todo un capital», asegura. Desde entonces lo tuvo claro: el mar era su medio.

Así lo entendió también su hijo, que realizó su primera travesía náutica siendo un bebé, a bordo del buque remolcador de salvamento Alonso de Chaves, a cuyo cargo estaba por aquel entonces su padre: «Hizo el trayecto entre A Coruña y Vigo dormido en su capazo», cuenta el padre.

Actualmente, Senén júnior desempeña su labor como voluntario en la escuela de vela adaptada del Real Club Náutico: «Ayudo a los chicos que vienen en silla de ruedas a subirse al barco, atiendo al resto de alumnos mientras no van a navegar, incluso jugamos a la pelota... Echo una mano en todo lo que puedo», resume. Un trabajo que le está haciendo tanto bien a él como a los alumnos de la escuela, tal y como explica su padre: «Senén tiene una leve discapacidad, y esta actividad es fundamental para él. En los dos años que lleva trabajando aquí ha madurado muchísimo. Es como un primer paso en su autonomía», cuenta el progenitor, que se deshace en halagos hacia la coordinadora de esta actividad, Alexandra Fernández: «Está haciendo un trabajo maravilloso», sentencia.

Al joven Senén se le ve entusiasmado en el que claramente es su ambiente: «Dejé de navegar en 1992 y poco después me compré un barco porque lo echaba de menos. Senén era un crío entonces, pero con seis años, que no sabía ni las tablas de multiplicar, conocía a la perfección cada elemento del barco. Le encantó desde el primer momento», recuerda su padre.

«No hay nada como el mar», afirma tajante Senén padre, que no puede esconder cierto orgullo por esa pasión marina que supo contagiarle a su hijo. Según dice, es algo que va con el carácter: «Para que te guste tienes que ser un poco solitario. Como suele decirse, la soledad es estupenda cuando puedes compartirla con alguien». Y en casa de los Fernández la comparten, además, con todos los alumnos de la escuela de vela adaptada.