Turistas y trasatlánticos por triplicado

A CORUÑA

El desembarco de 7.500 visitantes llenó las calles del centro de la ciudad. Pintas de cerveza en las terrazas y pulseras en los comercios fueron algunas consumiciones habituales de ingleses, alemanes e italianos

11 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Tres cruceros (MSC Orchestra, Prinsendam y Aida Luna), tres muelles de atraque (Trasatlánticos, Calvo Sotelo norte y sur), el triple de turistas que en otras ocasiones, más de 7.500 personas contando con las tripulaciones, y las calles del centro tomadas por los visitantes. Era la imagen de la ciudad durante la mañana de ayer, en una urbe que parecía prolongarse por el mar con tres barcos que, cubierta sobre cubierta, semejaban edificios construidos de golpe en los muelles sin que ni el mismísimo Busquets se hubiera enterado.

La dispersión de los tres puntos de atraque hizo que la Compañía de Tranvías pusiera a disposición de los visitantes varios autobuses dobles con el fin de trasladarlos desde los dos muelles de Calvo Sotelo hasta la salida, por el de Batería.

Alrededor de las once de la mañana, dicha puerta era también lugar de entrada para los tripulantes de uno de los barcos que ya habían estado en la ciudad; uno de ellos volvía con una camiseta de la selección española en cuya espalda figuraba el número 9 y un nombre: F. Torres. Tres de los tripulantes que entraban se saludaron con otros tantos que salían, con las camisetas, una de ellas de Río de Janeiro, como vestimenta básica en todos.

Ajenos a estos saludos, los turistas salían, cámara en ristre, y antes de cruzar el semáforo ya habían disparado sobre el edificio de la Terraza.

En los jardines de Méndez Núñez una pareja de ingleses se afanaba haciendo fotos entre el reloj digital y la escultura de Eduardo Pondal, esta última flanqueada por un par de pinos; curiosamente no fotografiaban ninguna de las dos cosas, sino las flores de los jardines. No eran los únicos, porque una hora más tarde, en la calle San Nicolás, otro de los turistas recogía en su cámara imágenes de los árboles allí plantados.

Volviendo a los jardines, cafés, aguas y refrescos eran consumiciones habituales (de dos a tres euros de gasto por cabeza) entre el grupo de varias parejas sentadas en el Mirador. Alrededor de la estatua de Emilia Pardo Bazán otra mujer fotografiaba plantas.

En la plaza de Ourense dos parejas preguntaban cómo llegar hasta El Corte Inglés, mientras en la terraza de la cafetería de la Fundación Caixa Galicia lo más demandado eran las pintas de cerveza, junto con algunos cafés; teniendo en cuenta los 4 euros de las primeras, un camarero apuntaba un consumo medio de tres euros por persona. Algunos debieron llegar sin efectivo, porque intentaban sacar dinero en un cajero cercano.

En la Feria de los Continentes

Enfrente, en la Feria de los Continentes, tenían tirón las pulseras. «¡Beautiful, beautiful!», repetía con entusiasmo una alemana mostrando una pulsera negra por la que su acompañante acababa de pagar cuatro euros. Al lado, otra pareja de la misma nacionalidad trataba de entenderse con la dueña de un puesto que reconocía su escaso dominio del inglés.

El desconocimiento de la lengua no impedía que otra mujer se llevara una pulsera grabada con su nombre, aunque para ello tuviera que escribirlo previamente en un papel de envolver del local.

Mas allá, en el puesto de dos veteranos ecuatorianos las turistas demandaban datos sobre las pañoletas, la caseta de los holandeses despachaba a otros visitantes y en el puesto de los minusválidos la persona que lo atendía suplía su falta de dominio del inglés anotando los 80 céntimos que costaban las dos postales que se llevaba una pareja de ingleses que se interesaban por el palco de la música. «Voy a ver si puedo seguir hablando con ellos», dijo una amiga de la mujer del puesto y así pudo enterarse que la pareja eran visitantes habituales de Portugal. La mujer le enseñó hasta el hotel.

Las cervezas dominaban también la mayor parte de las mesas de la cafetería Copacabana, que al mediodía prácticamente llenaban los turistas.

En la calle Real la presencia de visitantes era especialmente llamativa, algunos fácilmente identificables por las pegatinas que llevaban en las manos con un número y el nombre del barco de procedencia y otros por su peculiar indumentaria que incluía, en algunos casos, sandalias con calcetines.

Las pulseras seguían teniendo tirón tanto en Joya 36, donde un corpulento turista se interesaba por una que había visto en el escaparate, como en el local de los chinos, al que entraron dos italianas treintañeras a pesar de que el acompañante de una de ellas protestaba rotundamente: «¡Niente, niente, niente pulsera!». Su pareja no le hizo ni caso.

Una coche de la Policía Nacional pasaba entre las numerosas personas que se encontraban en la calle a esas horas y uno de los turistas hacía equilibrios con las numerosas bolsas de la compra.

En María Pita, varios grupos entraban en la iglesia de San Jorge para hacer fotos.

«¿Hércules?»

Aunque casi todos los turistas portaban mapas de la ciudad algunos optaban por preguntar, a veces de forma un tanto sorprendente. Le ocurrió a una vecina de Monte Alto que al mediodía caminaba por el paseo marítimo a la altura de los Pelamios. De frente se acercaba un grupo de turistas y uno de ellos, un corpulento alemán, se dirigió a ella y le hizo una pregunta clara y directa: «¿Hércules?». La sorprendida viandante le señaló la dirección por la que se iba a la torre de Hércules, algo que agradecieron también con el corto, pero perfectamente entendible «thank you».

Lo cierto es que por cualquier rincón del centro de la ciudad era posible encontrarse con los turistas, algunos de ellos visiblemente satisfechos saliendo, pasada la una de la tarde, de una marisquería de la calle Capitán Troncoso.

A esa hora, eran también numerosos los que volvían por la zona de la Dársena al MSC Orchestra, que zarpó a las dos y media. Entre ellos no faltaban los que habían hecho su compra en los supermercados Gadis, según delataban sus bolsas. Otros lucían el bastón de peregrinos compostelanos.