La ferretería del barrio

En la Ferretería Coruñesa de la ronda de Outeiro llevan 41 años haciendo amigos. Vendiendo arandelas y tornillos por unidad o regalando puntas


Roberto nació en Burgos, en el barrio de Cortes, al lado de la Cartuja de Miraflores, una joya del arte gótico tardío que finalizó la reina Isabel la Católica. Sus primeros pasos fueron en medio de los hierros, porque casi de chatarra se podía definir a aquellos trenes donde trabajaba su padre como ferroviario. Y siguiendo los raíles y los destinos de su progenitor recorrió gran parte de España.

A los 16 años llegó a A Coruña. Y la colada que daba forma a hierro nuevo fue su bautizo, en la fundición Aleaciones Especiales, una acería ubicada en el puente de A Pasaxe. Pero Roberto quería más y emigró a Alemania. Y el acero no se apartó de su vida. Con tan solo veinte años le tocó convertir chatarra en camionetas de la época.

Pero fue en uno de sus períodos vacacionales, allá por el año 1965, donde se empezó a forjar la vida que le llevó hasta la actualidad. Un cuñado del que iba a ser su hermano político acababa de fundar la Ferretería Coruñesa, en el número 17 de la ronda de Outeiro. Pero la fatalidad quiso que el empresario falleciese a los ocho meses de inaugurar la tienda. Y Roberto cogió el testigo.

Tazas de desayuno

Este negocio tenía poco de ferretería propiamente dicho. Abundaba más el menaje. Tazas de desayuno, bolsas... Roberto y su mujer Elsa cogieron la llave inglesa por el mango y optaron por una mayor oferta, pero esa llave también le sirvió para cerrar el grifo de los beneficios, coger lo necesario para comer e invertir en su nuevo motor económico. Y no les fue mal. Las lámparas y las cristalerías apagaron las pocas luces de la tazas de porcelana. Y un diamante le sirvió para cortar cristales a medida, e incluso se atrevieron con el diseño. Si querían continuar bien atornillados no se podía perder nada, y los recortes del vidrio los vendían por una peseta a los talleres para utilizar como salvaojos en las pantallas de soldadura. Continuaron ampliando su oferta. Y quizás fuesen los pioneros en ofrecer listas de boda a los futuros matrimonios coruñeses de la época.

Los elementos eléctricos se hicieron un hueco en la Ferretería Coruñesa. Y por supuesto las cajas de herramientas al completo. La tornillería seguía apretando bien el negocio que les daba de comer a la familia Hernando Santalla. E incluso los tapones de corcho que aún hoy venden a pequeñas bodegas.

Clientes y amigos

En la actualidad es Miguel Ángel el que, junto con su madre, regenta el negocio, después de que Roberto hubiese atendido detrás del mostrador, estima él, a unos 650.000 clientes, que no duda en calificar de amigos. Muchos de ellos les siguen siendo fiel 38 años después.

Esta cercanía, la psicología aprendida con los años, le permitió a esta familia saber descifrar vocablos que nada tienen que ver con el argot de la ferretería, pero ellos hacen de adivinos. Su proximidad con la gente fue suficiente para cortar con sierra la crisis que se quiso parar delante de la ferretería del barrio.

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