Hércules muestra sus músculos

R.?D. Seoane

A CORUÑA

Los argumentos con que A Coruña ha plantado una pica en Sevilla tienen mucho que ver con la singularidad. Porque de ella depende que la Unesco eleve la Torre al universo de los bienes patrimonio de la humanidad y sitúe A Coruña en un planisferio en el que las grandes obras de la naturaleza y del hombre brillan con más fuerza en menos de un millar de pequeños puntos del globo terráqueo.

Muchos no precisan de presentación alguna y su visible monumentalidad ha ejercido de escudo protector frente a la agresión del olvido sin necesidad de que se oficializase su carácter único. Pero para muchos otros la trascendencia es el reconocimiento. Por su ubicación, por hallarse al margen de la centralidad, por el desconocimiento de su historia y peculiaridades o por la falta del empuje, a menudo casi individual, que impulsa su divulgación, son numerosos los tesoros para los que entrar en la lista de la Unesco significa presentarse ante el resto del mundo. Y una vez allí, lograr la consideración y el respeto que rescata del abandono, además de convertirse en un motivo acreditado para incrementar la cuenta de visitantes y tirar del carro de la cultura por la vía del turismo.

De una u otra forma, en el caso de archiconocidos enclaves o de aspirantes menos llamativos, la tramitación para ser incluido en la lista de nominados y llegar a la final procura hacer más fácil comprender por qué ese y no otro monumento debe merecer la consideración de patrimonio mundial, qué lo hace diferente y especialmente significativo.

En el caso de la torre de Hércules, la excepcionalidad viene dada por su propia esencia, lo que es, desde cuando lo es y como lo es. Ser, en definitiva, el único faro romano todavía en funcionamiento le confiere ese valor universal que la Unesco reclama como necesario para entrar a formar parte de la candidatura.

A ello se unen otras virtudes que, mediante un expediente muy pormenorizado, el Instituto de Estudios Torre de Hércules y las autoridades culturales - primero de A Coruña, después de la Xunta y finalmente del Gobierno central- se han esforzado en poner de relieve a los ojos de los inspectores encargados de evaluar la construcción. Su antigüedad, veinte siglos, y su actual estado de conservación han sido valorados de forma muy positiva en los distintos filtros que ha ido superando la propuesta coruñesa.

En contra juega, sin embargo, el examen más estricto de los técnicos más puristas, que aluden a que de aquel primer momento se conserva únicamente la estructura interna. Para compensar, ha recibido puntuación notable la carcasa arquitectónica del siglo XVIII con la que Eustaquio Giannini reforzó aquellos muros primitivos, un envoltorio de piedra que destaca por su estética clasicista, su sobriedad y con la que se cerró no solo la recuperación arquitectónica de la Torre, iniciada con anteriores intentos de reparación desde el siglo XVI, sino que también logró restituir su función original como señal luminosa de ayuda a la navegación marítima.

Su condición de vigía le otorga también a la torre de Hércules otra marca distintiva dentro del listado de bienes que optan a conseguir el nombramiento de patrimonio mundial, dado que son excepcionales las torres que han logrado la distinción, y aún más en el caso específico de los faros.

Con toda probabilidad, fue la razón por la que los romanos se decidieron a desafiar la orografía y elevarla en la península castigada por el oleaje, pero ahora constituye un punto a favor de la candidatura local en el listado que el Comité de Patrimonio Mundial evaluará en Sevilla dentro de un mes. Su misión, iluminar a los barcos, le otorga el cariz de servicio público que en pocas ocasiones se presenta entre los contrincantes en la carrera hacia la Unesco.

Desde el Atlántico y desde tierra, se ha evaluado también la imagen vertical de la construcción que se mantiene en pie dos milenios después de que los romanos pusieran la primera piedra en punta Herminia. Su visibilidad desde gran parte de la línea de costa y el entorno han resultado también importantes para alimentar los argumentos a favor e ir escalando puestos en la lista de apoyos al monumento coruñés. De hecho, se ha tratado de ir aderezando el proceso con las guarniciones que acompañan algo más que un edificio exento y solitario. El parque escultórico, las sendas peatonales, las vistas al océano, y, en las tripas del faro, el pequeño museo son algunos de esos atractivos. En casos, aún pendientes de mejoras impulsadas, también, por la entrada en competición del viejo faro.

Quizás por eso, por vieja, la Torre cuenta con una de las bazas, sino principales para la nota final, sí para que el San Juan continúe este año en la sartén, besando sus pies. A Coruña tiene un mito desde hace 2.000 años, cuando Hércules levantó un faro y creó un símbolo.