«Nada hay más traumático que la muerte de un niño sano»

A CORUÑA

El especialista del Materno aconseja a los padres no rehuir las inquietudes de los pequeños sobre sucesos desgraciados que ocurren en su entorno más próximo

06 abr 2009 . Actualizado a las 11:52 h.

Manuel Fernández tiene una amplia experiencia en la atención de lo que inquieta a los más pequeños. Es psicólogo infantil en el Materno y aporta desde su experiencia algunos consejos frente a la desgracia sucedida en el Liceo. -¿Qué hay que decirle a un niño si pregunta por lo sucedido a su compañero de colegio? -La verdad, hay que decirle la verdad. -¿Y cómo? -El modo más simple es el más auténtico: que parece ser que pasó algo, algo imprevisto y excepcional, que no tiene por qué ocurrir ni ocurre. La información siempre debe ser verdadera y partiendo de la pregunta que haga el niño. -¿Y si no pregunta? ¿Es normal que no lo haga? -A veces no preguntan porque sencillamente saben, o han obtenido la respuesta satisfactoria sobre lo que les ha supuesto. Es distinto el niño que no pregunta pero está tranquilo, duerme, come y juega como siempre, que el que no pregunta por inhibición o porque el acontecimiento le resulta traumático y se le nota afectado. En este caso, sea adulto o niño, le resulta difícil hablar. -¿Eso es lo más normal? -Nada hay más traumático que la muerte de un niño sano, porque es lo que no debería pasar. Un acontecimiento traumático es imprevisible, inesperado, es algo que no debería haber ocurrido, es siempre sorpresivo, ya sea el tren que descarrila, el avión que se cae o el niño que se ahoga. Pero no hay que presuponer que porque alguien, sea niño o adulto, viva de cerca algo de esta gravedad e intensidad, porque están próximos o incluso lo observan, tenga que revestir carácter traumático. No es lo mismo impactante que traumático y sentir tristeza es lo normal. Es un signo de humanidad, de que no somos indiferentes a la desgracia y el dolor ajeno. Es lógico que nos conmueva, incluso que lloremos. Pero no hay que confundir acontecimiento doloroso con traumático. Por supuesto, hablamos de personas que están en el entorno, pero no en el inmediato. Para los padres y los más cercanos es inevitable que adquiera esa dimensión: no hay pérdida más dolorosa que la de un hijo, no hay nada que se le pueda equiparar, no la compensa nada ni nadie, es irreparable y ese vacío es irrellenable. Solo el tiempo hace que el trauma pase a ser un recuerdo doloroso y pueda seguir la vida. -Es decir, los niños, probablemente, no sufrirán repercusión. -Para los compañeros y amigos próximos es doloroso, pero no traumático. A no ser que toque un punto subjetivo determinado. Si se vuelve traumático para alguien que no es del círculo más próximo es porque le toca una angustia que ya tenía, ya sea el temor a la muerte, la ansiedad de separación..., se trata de algo subjetivo que tiene que ver con el temor a la muerte propia o a la de los más allegados, que se reactiva con ese acontecimiento pero ya existía antes. -¿Qué habría que hacer en este caso? -Ayudar al niño o al adulto. -¿Cómo percibir que está sucediendo algo? -El niño bajo el impacto modifica totalmente su conducta y su estado de ánimo. A veces no muestra tristeza o angustia como los adultos, sino que se expresa a través del desasosiego, la inquietud, incluso motora. Esa mayor intranquilidad es el equivalente a la tristeza. -¿Cómo afrontarlo? -Hay que afrontarlo claramente. Decirle, 'vemos que estás preocupado, ¿qué te pasa?'. Y tranquilamente animarlo a hablar. Porque muchas veces el niño lo sufre y no lo dice porque teme que eso inquiete o preocupe al adulto. Ve que los mayores están tristes y disgustados y no pregunta porque intuye que prefieren no hablar de eso o lo quieren proteger, se siente como si no estuviese autorizado a hablar. Y es una falsa defensa: a veces, por protegerlos, los desprotegemos. Los niños se enteran de casi todo y con actitudes así a veces les impedimos que expresen lo que sienten y sin quererlo logramos el efecto contrario al que deseamos, los desprotegemos, los dejamos que vivan su angustia en soledad. -Entonces, hay que hablarlo aunque no pregunten nada. -Lo lógico es hablarlo una vez, tampoco más. Si se sabe que ha participado de alguna manera en ese acontecimiento tan dramático, que ha sucedido en su entorno, siempre conviene una palabra del adulto que dé cierta explicación, que ponga en palabras lo ocurrido. Basta con hablarlo una vez. Solo hay que insistir si el niño tiene alteraciones.