La muerte de un valiente

Carlos Fernández

A CORUÑA

18 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

La batalla de Elviña, entre ingleses y franceses, había comenzado a las dos de la tarde del 16 de enero de 1809. Media hora después, una bala de cañón alcanzaba al general John Moore, que cayó de su caballo, arrancándole el hombro izquierdo y desgajándole el brazo, lo que se consideró desde el primer momento como una herida mortal de necesidad.

El militar británico estaba, según su biógrafo Mark Guscin, sobre una pequeña colina donde observaba mejor la acción de sus hombres, o sea, cerca de donde, en la avenida de Alfonso Molina, está Marineda Motor, aunque es probable que fuese algo más arriba. Cuando Moore cayó de espaldas de su caballo, no dio grito alguno. El coronel Graham, que estaba a su lado, le dijo: «Gracias a Dios, señor, no está herido». Pero el general contestó: «Sí, estoy herido y mortalmente». Aun así, tuvo arrestos para preguntar por el curso de la batalla con el repliegue de sus tropas hacia A Coruña. Luego, al colocarle los soldados sobre una manta, se enredó su espada y la empuñadura de la misma entró en su herida. Un oficial de su Estado Mayor, el capitán Hastings, intentó quitársela, pero el general le contuvo, diciéndole con gran esfuerzo: «Está bien así. Me gustaría que saliese conmigo del campo de batalla».

Eran cerca de las seis de la tarde cuando llegó Moore en una camilla, conducida desde Elviña por granaderos de su ejército y acompañado por sus ayudantes de campo, a la casa número 13 del Cantón Grande, propiedad del comerciante Genaro Fontenla -y después de Jerónimo Vidal-.

Herida

El propio Moore, que conservaba su lucidez, dijo a los médicos que la herida era demasiado alta y que nada se podía hacer. Si hubiese sido más baja, le hubiesen amputado el brazo, como hicieron con Baird. Incapaces, pues, los galenos de remediar sus males físicos (tenía deshecho el hombro izquierdo, colgado el brazo de un trozo de piel, rotas las costillas sobre el corazón y desgarrados los músculos del pecho en largas tiras entrelazadas por su rebufo del arrastre del disparo).

El general falleció alrededor de las nueve y media de la noche del mismo día 16. Antes había preguntado por el resultado de la batalla y, finalmente, pronunció el nombre de su madre. Se escribirá, también, que a uno de sus ayudantes de campo, el capitán Stanhope, le pidió el general que diese recuerdos a su hermana, lady Hester Stanhope, que fue su amante, pero ello pertenece más al terreno de la leyenda (con Murguía de por medio) que a la realidad. Esta joven, sobrina de William Pitt, se expatriaría a Oriente Medio, llevando una vida casi monacal hasta su muerte. Sobre este personaje, Mark Guscin escribió una biografía novelada que obtuvo el último premio Fernando Arenas.

Cuando fallece Moore estaban en la habitación el coronel Anderson, viejo amigo suyo; el mayor Colborne; los capitanes y ayudantes de campo Percy y Stanhope y su sirviente personal, François, que, sarcasmos de la vida, era francés. En otra habitación del piso se encontraban el general Paget y el coronel Graham.

Tumba

Sin quitarle la ropa de combate, se usó como sudario su capa de soldado y la bandera inglesa. Fue llevado al baluarte de San Carlos (en la Pescadería), que algunos -como el historiador Tettamancy- confunden con el jardín del mismo nombre, al que sería trasladado años después y donde hoy se encuentra.

Cuando el mariscal Soult, comandante en jefe de las tropas francesas y duque de Dalmacia, tomó A Coruña, rindió homenaje a Moore, colocando las banderas a media asta, así como una inscripción sobre la roca del Galiacho (que era donde se creyó al principio que había sido herido de muerte), que decía: «Hic occidit Johanes Moore, dux exercitus anglicae in pugna januari XVI contra gallos a duce Dalmatiae ductos».

La muerte del general inglés en el campo de batalla borró las críticas que se hicieron sobre su actuación en la retirada desde Astorga hacia A Coruña, siguiendo la frase bélica de que «morir por la patria es nacer para la gloria».

El propio Napoleón, en el Juicio sobre sus contemporáneos, señaló: «Moore era un bravo soldado, excelente oficial y un hombre lleno de talento. El mandaba la reserva en Egipto, donde se comportó muy bien. Murió gloriosamente, murió como un soldado». Fueron muchos los historiadores los que glosaron la gallardía e inteligencia de este general.