El buen urbanismo no da la felicidad. Pero ayuda. El borrador del plan general que Joan Busquets acaba de presentar en sociedad, y que ahora deberá superar varios escollos administrativos hasta hacerse realidad, ha recibido el elogio general de los políticos, algo difícil en los tiempos preelectorales que corren. Esto responde a que Busquets ha trazado unas líneas maestras basadas en el sentido común: es necesario dotar a la ciudad de instrumentos para potenciar el uso del transporte público, crear nuevas zonas verdes, recuperar áreas hoy degradadas... recogiendo sus palabras: «Hay que hacer las paces con el entorno y el paisaje».
Un urbanista catalán que hace tres años apenas conocía la ciudad sino como turista ha puesto el dedo en el ojo de los problemas que vive hoy A Coruña. Porque haberlos, haylos. El gobierno local, del que han salido expresiones legendarias como que «en esta ciudad no hay problemas de tráfico», no ha puesto un pero, al menos por ahora, al diagnóstico que ha hecho Busquets. Nada distinto, por cierto, de lo que los ciudadanos ya conocen: existe un grave problema de tráfico, falta verde, el casco viejo en parte da pena y, en muchos barrios, los edificios parecen distribuidos como si alguien los hubiera lanzado a voleo desde un avión a 10.000 pies de altura. Vean, sino, Monte Alto, el Agra o Eirís. Y Matogrande o Mesoiro, islotes en el océano de cemento. El propio Busquets afirmó el miércoles, ante el alcalde y otros seiscientos vecinos, promotores, arquitectos y empresarios que «la ciudad ha perdido en los últimos diez años su confortabilidad, y su continuidad espacial ha desaparecido». Su análisis ha sido acogido con alborozo por el único partido en María Pita que no ejerce labores de gobierno. Para Negreira y los suyos, Busquets ha venido a decir que la revisión del PGOM deja en evidencia 25 años de nefasta gestión urbanística. Es una opinión respetable, como la que tienen los socialistas, que es tangencialmente distinta, o los nacionalistas. Por fortuna, nadie posee la verdad absoluta. Sí es cierto que planes anteriores, que incluían entre sus objetivos frenar el éxodo de coruñeses a otros ayuntamientos de la comarca, proporcionaron sonoros fracasos. Se levantaron, por no hablar de Palexco y del Puerto Centro de Ocio, edificios sin pensar en que son necesarias calles para llegar hasta ellos, y sucumbieron inmuebles de incuestionable valor, como el asilo de Adelaida Muro. Pero en el pasado también hubo aciertos, como el dibujo del trazado de la tercera ronda o la apertura de la ciudad al mar.
Lo que ocupa ahora es ver cómo se desarrolla un plan general que reduce drásticamente las expectativas de construcción de vivienda nueva, considerada hasta ahora como casi la única solución a todos los problemas, a pesar de que en A Coruña hay 15.000 pisos vacíos. A cambio, apuesta por la movilidad como eje central de su desarrollo, con la puesta en marcha de un tranvía de verdad -concebido como un servicio público y no como atracción exclusivamente turística-, la construcción de una intermodal y la creación de varias centralidades, desprendiendo así a la ciudad de su histórica dependencia de los Cantones.
El análisis de Busquets puede hacer pensar a quien no conoce A Coruña que esta ciudad es un desastre. No es cierto. La inmensa mayoría de los coruñeses están orgullosos del lugar en el que viven, envidiado más allá de A Pasaxe, aun estando en partes desconchado y en partes medio roto. La quieren como los padres quieren a un hijo, con todos sus vicios. El plan Busquets reconoce sus defectos y trata de sacar jugo a sus indiscutibles virtudes. Pero es solo papel, y habrá que ver cómo se desarrollan sectores como el de las estaciones, el puerto o Alfonso Molina. De los políticos de turno, pero también del resto de los ciudadanos, dependerá que A Coruña que soñamos, sin atascos, con vivienda accesible, estructurada, sin hedores, limpia, sin remiendos, una ciudad, en fin, para vivir en armonía, sea realidad. Esa será la herencia por la que nos juzgarán las generaciones futuras.