Emigrantes de ida y vuelta

A CORUÑA

Carlos Rodríguez cogió un avión esta semana con destino a los Alpes, de donde regresaron sus padres hace 20 años, tras haber ido a trabajar en los 70

01 dic 2008 . Actualizado a las 13:06 h.

La historia se repite. Como tantos otros gallegos, Hipólito Rodríguez emigró con su mujer en el año 1972 a Suiza en busca de mejor fortuna, algo que consiguió trabajando en la construcción. En 1988, «en septiembre, acaba de hacer 20 años», regresó a su Galicia natal, en esta ocasión con un hijo, Carlos, nacido en tierras alpinas. Las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero puede que no lo suficiente, ya que esta semana la aventura emigrante a vuelto a la familia cuando Carlos partió hacia Suiza para trabajar.

«Las circunstancias son distintas -asegura Hipólito-. Ahora ya no es por necesidad, sino para mejorar laboralmente. Además, se educó allí y siempre quiso volver». Carlos corrobora las palabras de su padre. Estuvo en Suiza hasta los 10 años, y siempre ha considerado a aquella su tierra: «Controlo el terreno y el idioma. Allí me siento más cómodo que en cualquier otro lugar. Así que, a la hora de buscar trabajo, ni se me pasó por la cabeza otro destino posible», comenta minutos antes de coger el avión.

Su destino es la estación de montaña de Saint Moritz, donde se encargará de trasladar a los turistas que arriben a los aeropuertos de Milán o Zúrich hasta la cima: «Voy en un todoterreno por carreteras que están totalmente nevadas. Es habitual encontrarte con pasos cerrados, pero me gusta el trabajo», afirma Carlos. Ya estuvo el año pasado unos meses, en la temporada de invierno, trabajando en un hotel. Y la experiencia fue tan satisfactoria, que no se lo ha pensado dos veces y vuelve: «Es que aquello es otra cosa. Aquí he tenido varios trabajos, pero los salarios no son comparables. Aquello ya no es la mina de oro que solía ser, pero sigue habiendo grandes diferencias. Sobre todo, en cuanto al modo en que se cuida al trabajador», explica.

Su padre trabajó en la construcción, aunque también se ocupaba del transporte: «Llegué a capataz, y tenía que llevar a los trabajadores a la obra en una furgoneta de la empresa», recuerda. Le fue bien, pero ni se plantea volver: «Siempre quieres volver al sitio donde naciste, y yo estoy encantado de haber vuelto. El caso de Carlos es distinto. Él nació allí, se educó allí. Sin embargo, si vas de adulto no te acostumbras, el idioma te cuesta más... No es lo mismo». De hecho, Hipólito llegó a Suiza sin tener ni idea de alemán, siguiendo los pasos de unos conocidos que fueron de avanzadilla, y que le animaron a tomar la decisión.

«Soy de un pueblo de Lugo con poca industria. Unos vecinos emigraron y me contaron que allí había trabajo, así que me cogí el tren y allí me fui a Thun, un pueblo a 30 kilómetros de Berna hacia los Alpes», recuerda. El choque cultural fue grande: «Aquellas casas de madera con grandes caídas en el tejado, toda aquella nieve... Y, sobre todo, lo trabajadores que son allí. El fin de semana íbamos a trabajar a la casa del jefe de la obra, y allí estaban sus hijos, codo con codo con nosotros, trabajando. Me quedé alucinado». De aquella época, Hipólito conserva en su bar un trofeo del campeonato de tute organizado por el centro español: «Y tengo alguno más en casa», presume.

La temporada de esquí termina en abril. Carlos volverá a Galicia entonces, aunque no está muy convencido de que sea para mucho tiempo: «No tengo pareja, así que me da igual quedarme en Suiza. Me gusta la nieve y la montaña, y de eso allí hay de sobra. Así que supongo que cuando vuelva el invierno, cogeré de nuevo el avión», calcula.