Papeleras desbordadas, pasos de cebra en mal estado y aceras parcheadas aumentan el efecto antiestético de las actuales obras de reforma de la plaza de Pontevedra
14 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Mañana soleada de agosto. Un grupo de turistas caminan por la calle San Andrés en dirección a Juan Flórez. Vienen enamorados del encanto callejero de Torreiro, de la vida que desprende el mercado de San Agustín y de la sensación atemporal de la calle del Ángel. En medio de ese idilio, sin embargo, se topan con un amasijo de vallas, basura y calles resquebrajadas. Han llegado a la plaza de Pontevedra.
«La verdad es que, si no lo pueden limpiar, al menos lo deberían tapar un poquito». Ana Saborido, madrileña de vacaciones en la ciudad, se refiere a una papelera de la plaza. Está situada frente el número 3 y desborda basura. ¿El problema? No está en la acera, sino dentro de la valla que protege la obra. Los responsables de la limpieza viaria no pueden acceder a ella. Los obreros de la obra no están para hacer labores de limpieza. Y los restos de todo tipo (botellas de plástico, paquetes de tabaco, bolsas de aperitivos...) se desparraman por el suelo.
«No deberían tener algo así, sobre todo en estas fechas que hay tanto turismo, ¿no?», comenta la madrileña, que, no obstante, adora la ciudad: «Es lo único malo que tenéis», dice con una sonrisa. Antes de llegar a esta papelera, el rastro de basuras se puede seguir desde el fin de San Andrés. Un rosario de folletos publicitarios, colillas y latas de refrescos bordean la plaza. Eso a la izquierda. En el centro, los peatones avanzan sobre una acera agrietada y parcheada.
Natalia Pardo considera que no solo es falta o dejadez del servicio de mantenimiento o de limpieza, sino que apunta a los propios ciudadanos: «Lo de que esté todo ese montón de basura ahí es más culpa nuestra que otras cosa. Yo creo que da una imagen verdaderamente horrible de la ciudad». Viendo cómo está la situación ahora, echa en falta el mercado provisional: «Quedaba muy bien, aquí, con estos edificios, quedaba genial».
Aunque no es exclusivo de este punto, el fenómeno de las farolas y semáforos empapelados adquiere aquí proporciones preocupantes. Anuncios de mudanzas, pisos de alquiler y cerrajeros de urgencias compiten por un pedazo de espacio, llegando a ocultar el verde de su superficie. El ejemplo más grave lo encontramos al lado de la parada de bus, en la que el semáforo se ha convertido en un improvisado tablón de anuncios. «Eso se soluciona aplicando las normas que hay. Si multas, nadie más vuelve a poner un papelito de estos, que son una guarrada», opina Raimundo Iglesias.
Picasso escondido
El tema dela publicidad ilegal adquiere tintes grotescos en uno de los indicadores de la ruta Picasso. No solo está en pésimo estado, sino que el rostro de la figura femenina que señala el camino, no se puede ver. La razón se haya en un cartel anunciador de una fiesta Erasmus de temática mexicana de hace ya unos cuantos días, que la oculta. «Una buena multa y asunto arreglado», insiste Iglesias.
Otro de los puntos flacos de la zona de la plaza de Pontevedra lo da el paso de cebra situado en el número 4. La pintura blanca, imperfecta, se mezcla con restos de otra pintura anterior de color azul en un asfalto totalmente irregular. Además, en la acera, una caseta de la obra de un edificio obliga a los peatones a circular por la calle. Por las mañanas, tanto a primera hora como al mediodía, se suele colapsar y se forman tapones que dificultan el tránsito de peatones.
Pero las deficiencias no solo se encuentran en la parte visible. Tras las vallas de las obras, se pueden ver varias de las pintadas que adornan al instituto Eusebio da Guarda. Tanto en la puerta (donde se puede leer un grafito que pone The Train) como en las escalinatas (en las que hay varias pintadas), el pseudoarte se expande.