Por primera vez desde hace un año, el Banco Central Europeo subió los tipos de interés. Un cuarto de punto, hasta el 4,25%. Solo un cuartillo, pero eso significa que tendremos un poco más difícil pagar la hipoteca, que la actividad económica se va a resentir y que, quizás, la empresa en la que usted trabaja reduzca la plantilla. El BCE hace lo que le toca. Tiene la llave de la política monetaria y su finalidad es la estabilidad de precios. El problema es que el encarecimiento del dinero para contener la inflación se hace en un contexto complejo: el PIB pegó un frenazo y el empleo se resiente. He aquí el dilema: ¿cuál es la prioridad, que no suban los precios o que no se agudice la crisis? Pues lo ideal sería compaginar estabilidad de precios y crecimiento sostenido, pero los tiempos del círculo virtuoso han terminado. Más bien vamos camino de la situación contraria: la estanflación, con aumento de paro y precios.
La medida, que quizá había que haber adoptado cuando la inflación aún estaba en el 2,5%, recibe ahora críticas de casi todos los Gobiernos europeos, en apuros por el encarecimiento del petróleo, la crisis de los alimentos y, curiosamente, un euro tan fuerte que penaliza las exportaciones. Pero el sacrificio será mayor para unos que para otros. Y en España no es donde mejor lo pasaremos. Porque tenemos un nivel de endeudamiento hipotecario alto (se va a encarecer) y el modelo de desarrollo descansó demasiado en la construcción (necesita dinero barato) y en el consumo privado (el poder adquisitivo mengua).
Con parte de la capacidad de maniobra subarrendada al BCE, no es fácil que penetre la luz en el bosque de medidas que anunció Zapatero en el Congreso. En todo caso podía haberse ganado la confianza de los consumidores (también bajo mínimos), pero ¿por qué creer que no va a haber recesión cuando con la vista puesta en las urnas se negó que fuésemos camino de esta crisis?