Tanto arreglan calderas como apagan fuegos. Julio y Ángel son padre e hijo, trabajan en el Canalejo y son voluntarios en los equipos de extinción
18 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.R. Domínguez Todo lo suyo tiene que ver con el calor. Incluido el humano. Julio y Ángel coinciden en bastante más que bajo el techo familiar. Son padre e hijo, pero también compañeros en su segundo salón, el Hospital Juan Canalejo, y cómplices en la ficción-aficción por apagar fuegos.
Trabajan o han trabajado para templar la convalecencia, para dar calor al dolor o enfriar la fiebre de la atmósfera hospitalaria. A lo mejor por eso -conocen mejor que nadie cuánto puede arder un radiador- se han enrolado, en un gesto voluntario de preocupación ante los desastres, en los ESI, los equipos de segunda intervención del centro. A modo de bomberos de andar por casa, son los primeros en llegar si salta la chispa y hay que apagar llamas. «Cuando el incendio de la novena, en el 2002, -cuenta Julio- no tardé ni cinco minutos en estar aquí».
Hoy, Julio es el ESI número 1 su hijo, el 34,, los mismos años que lleva su padre trabajando en el Canalejo. Entró a los 23 y lo hizo con una categoría laboral de la que se habla poco en los hospitales y que ahora le toca también a Ángel: calefactor.
Entonces, en la década de los 70, Julio se ocupaba de arreglar aquellas viejas calderas de fuel del Materno. Después pasó a esterilización, a electromedicina... y ya lleva una década en control interno, señalizando el laberinto del complejo y ocupándose de las ¡¡¡1.600!!! extensiones telefónicas. «¿Aparatos? ¡¡Ni se sabe cuántos puede haber!!!», dice agitando la mano.
Hoy Ángel hace algo muy parecido a los principios paternos, pero en el servicio de mantenimiento y en una moderna central térmica. Revisa la climatización de todo el complejo y por eso sabe que «los quirófanos y las UCI es donde más problemas tienen, a lo mejor ponen a 16 grados, pero hay lámparas, hay cristal...», explica sobre el subjetivo ajuste de los termostatos en un hospital cuya temperatura media es 22 grados.
El Canalejo para Ángel fue una referencia desde los primeros pasos: «Mi madre, Carmen, también trabaja aquí -explica- y la verdad es que siempre los vi contentos». Comenzó a trabajar muy jovencito, a los 21, y en el hospital empezó cogiendo la escoba. Aún hoy compagina la limpieza -«hay que darle toda una noche para dejar bien los suelos, las paredes y las campanas de la cocina», advierte- con los trabajos para controlar que el agua caliente funcione y el aire acondicionado también. «Prefiero el mantenimiento», resume. Porque lo suyo, a fin de cuentas, es la electrónica, lo que estudió en el Urbano Lugrís, y lo que más le atrae de un complejo con muchos aparatos y más conexiones con las que poder experimentar.
En casa, Ángel es el maestro de su padre frente a la pantalla del ordenador. «Le enseño a bajarse películas y música», confiesa. A Julio le gustan los Beatles y de la generación de su hijo «me quedo con La Oreja de Van Gogh», dice. La informática es otra de las excusas para reunirse a menudo. Pero la última de las causas mayores acaba de llegar. Se llama Ainara y está empezando a comprobar cuánto calor puede encontrar entre los brazos de su padre y de su abuelo.