«Quien quiera dedicarse a la danza está condenado a emigrar»

A CORUÑA

Lleva 25 años al frente de Druida, donde ha enseñado a bailar a un sinfín de coruñeses a base de sacrificio y pasión

12 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Las calles de la ciudad están hoy tomadas por bailarines con motivo del Día Internacional de la Danza. Aunque realmente esta fecha así declarada por la Unesco se celebra el 29 de este mes, en A Coruña se ha adelantado, precisamente en una época en la que, según refleja el éxito de determinados programas televisivos, vuelve a estar de moda esto de la danza. Y si hay alguien que sabe de ello en esta ciudad esa es sin duda Mercedes Suárez Rodríguez, que, a través de la escuela de danza Druida, lleva 25 años enseñando a moverse a distintas generaciones de bailarines coruñeses, hasta el punto de colocar a sus alumnos en los ballets de programas como Son de estrelas. Maneja a jóvenes con una pasión no exenta de riesgo: «Quien quiera dedicarse a la danza está condenado a emigrar», asegura.

Así tuvo que hacerlo ella. Con 16 años convenció a sus padres de que se iba a Madrid a estudiar Periodismo: «Elegí una carrera que no hubiese por aquí, pero realmente me fui a estudiar danza». Con 18 le confiesa la verdad a sus progenitores y se dispone a buscarse la vida por sí misma. De ese modo, el trabajo le lleva a recalar en París durante un año, hasta que conoce a Víctor Ullate y este la lleva, con 20 años, a Bruselas. La siguiente estación vital vuelve a ser París, a donde llega con 25 años, y regresará a Madrid, donde estará hasta 1982, cuando por razones familiares y con una lesión regresa a A Coruña «con la idea de pasar aquí un tiempo y después retomar mi vida. Y hasta ahora», cuenta con cierta nostalgia.

Su relación con la danza es de película, y nunca mejor dicho. De hecho, fue en el cine que su padre regentaba en su pueblo natal de Agualada, Coristanco, donde descubrió, con tan solo seis años, una escena de ballet clásico: «Fue con La violetera o El último cuplé, no lo recuerdo bien. Había una escena de ballet clásico. Desde ese momento, supe a qué quería dedicar el resto de mi vida».

Pero la historia no acaba ahí. Ya en Francia, trabajando en el Ballet de Versalles, la película en cuestión volvió a cruzarse en su camino: «La directora de la compañía, con la que guardo una gran amistad, me pidió que le consiguiera una copia de esa película de Sara Montiel, porque ella protagonizaba allí un número de baile». La mujer que había despertado su pasión a través de una vieja película era ahora su mentora.

Las casualidades han perseguido a Mercedes. De hecho, ni siquiera tuvo en un principio intención de montar la academia: «Le eché una mano a un conocido que tenía una academia con las chicas y por determinadas circunstancias terminó cerrando. Los alumnos me dijeron que la cogiese yo, pero no quise, así que unos cuantos propusieron coger ellos el local y yo les daba clases. La cosa se fue liando y terminó convirtiéndose en esto». La compañía vendría más tarde, en 1988, y también de casualidad: «Nos contrató un señor para ir a actuar a Oporto tras vernos en una función de fin de curso, así que nos lanzamos y creamos una pequeña compañía». Desde entonces, han recorrido media España, aunque se queja de que nadie es profeta en su tierra: «Hubo un momento en el que habíamos bailado en Madrid y Barcelona y aún no habíamos debutado en nuestra ciudad».

Mercedes no cree que exista una moda de la danza, a pesar de la televisión. De hecho, según su opinión, se está banalizando mucho esta profesión: «Ahora se creen que con aprender cuatro pasos ya está. Viene gente que sabe algo de baile moderno o que hace Break dance pero que no tiene una formación clásica». Pero sí que hay una pasión que obedece a parámetros que a los profanos se nos escapan: «Es una satisfacción tanto espiritual como física, al utilizar el propio cuerpo como instrumento. Eso es algo que las otras artes no te dan. Es una comunión entre el cielo y la tierra que hay que experimentar», cuenta, convencida, Mercedes.

Desde fuera, lo que sí puede sentirse es envidia ante la precisión de los movimientos, el control absoluto que los bailarines tienen sobre cada milímetro de su cuerpo: «Lo que más siento es no poder moverme como antes», lamenta Mercedes, y añade: «Cuando estás un tiempo parada, la sensación es horrorosa, no sabes dónde está cada cosa en tu cuerpo. ¿Se sienten así los que no bailan?».