Antonio asegura que la convivencia?es posible y pone como ejemplo a su familia y a sus vecinos de Orillamar
29 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Antonio nació en una chabola de Atocha Alta hace 66 años. Cuando era niño le gustaba jugar con las piedras que recogía cerca del cementerio de San Amaro. Desde allí podía ver la torre de Hércules y la espuma de las olas que rompían tras el faro. Pero Jiménez creció rápido, y pronto cambió los campos de Monte Alto por un trabajo de estibador en el puerto. «Yo fui portuario hasta que caí enfermo. Como yo, mi hermano y toda mi familia. Todos hemos trabajado en el puerto», afirma con orgullo.
Una vida entera cargando. Bacalao, sardina, sacos de grano... siempre había algo que sacar o que meter en un barco. Cuando acababa el día, Antonio regresaba caminando hasta su chabola en Atocha Alta. Entonces soñaba con una casa. «Hace 32 años, cuando murió mi madre, nos mudamos a Orillamar». Allí nacieron sus doce hijos, y allí vivió hasta que derribaron el poblado en 2002. «Cuando tiraron los arcones nos fuimos a vivir a una casa en la calle San Antonio, pero todos los vecinos de Atocha y Monte Alto firmaron para que nos dieran un piso en Orillamar», cuenta. «Firmaron para que volviéramos para aquí porque nos llevamos bien con todo el mundo».
Antonio cree en la integración y opina que todo el mundo merece una oportunidad. En el solar en donde construyó su chabola ahora hay un centro de salud, y frente a él, un edificio de protección oficial en donde conviven ambas razas. Recordando el camino que ha recorrido desde la chabola en la que nació hasta sentarse en el sofá desde el que habla, Antonio explica que la solución al problema de los realojos de Penamoa está en la «justicia». «Hay gente que vive en Penamoa porque no tiene para más. No puede comprarse una casa normal, pero sí una casa de protección oficial. El Gobierno es quien tiene que decidir quién merece una casa y quién no. La Justicia está para quitarle la vivienda a quien no la merece, no para impedir que nadie la consiga», comenta con tono sosegado, mientras sus hijos y alguno de sus 45 nietos y varios bisnietos le observan. Hay familias en Penamoa que merecen una oportunidad. No todos los gitanos de allí se dedican a la droga».
A pesar de la polémica que se ha suscitado a raíz de los rumores de los realojos, Jiménez tiene clara su postura sobre la sociedad coruñesa: «La gente de A Coruña son los mejores payos de toda Europa. Yo no creo que sean racistas, pero está claro que siempre hay tres o cuatro que intoxican y se hacen notar».
Deportivista confeso, asegura que solo discute con sus vecinos por cuestiones de fútbol. «Entre los amigos del barrio nos queremos igual que hermanos. Vemos el fútbol en el bar y algunas veces discutimos, pero nunca llegamos a más». Para explicarnos la pasión futbolística, aplica su particular lógica aristotélica: «Yo soy de A Coruña, entonces tengo que ser del Coruña. Hay gente por ahí que no es de Madrid ni de Barcelona y en cambio es del Madrid o del Barça. Eso es lo que no me gusta». La misma lógica que aplica al fútbol, Jiménez la traslada al problema de la droga: «No es algo de razas, la droga afecta a los que no son gitanos y a los que lo son. Donde está, la droga hace daño».
Todos sus hijos, y la mayoría de sus nietos o bisnietos, han estudiado en el cercano colegio de Curros Enríquez. Como padre, también se ha sentido amenazado por la droga. «La droga no la traen los gitanos, viene en barcos grandes y hay gente que le gana mucho dinero. Es verdad que hay gitanos que trapichean con papelas, pero pocos guardan kilos o hacen fortunas». Antonio no titubea ante esta lacra: «Al gitano que lo cojan con droga, que se lo lleven para la cárcel, y al que no, que le ayuden a salir adelante. Será lo mejor para todos».