Su regreso, anunciado por megafonía como «su excelencia Valerón»,?coincidió con los cuatro minutos más intensos en las dos últimas temporadas
28 ene 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Juan Carlos Valerón es el Cid Campeador del Deportivo. Es capaz de ganar batallas sin que siquiera se confirme si va a jugar o no. Ayer lo hizo. Lo del equipo con la grada es otra cosa. Ayer, después de muchos desengaños, fue amor correspondido.
Riazor hizo comprender al vestuario la importancia de permanecer en Primera y la plantilla se puso las pilas. Todo comenzó a las dos y media de la tarde, con la visita al hotel de concentración del equipo. Pero se consumó a partir de las cinco, en el estadio. El momento culminante duró cuatro minutos: del setenta y uno al setenta y cinco. En las dos últimas temporadas no se había visto nada igual en el estadio coruñés. Fue algo así: el equipo vencía cómodamente y recibía el calor de la grada como nunca en los tiempos más recientes, Valerón calentaba desde el veintiuno de la segunda parte y elevó la temperatura corporal a más de uno; cinco minutos más tarde, Guardado anotaba el 3-0 inmemorial, Antonio Tomás recibía la ovación de su vida y desde el banquillo deportivista se da la orden de que el Flaco se calce la camiseta. El público, entregado, se pierde la expulsión de Asenjo, justo al mismo tiempo, y después de que Óscar Sánchez debutase como portero en el cuadro pucelano, Guardado da el testigo a un jugador que llevaba casi dos años lesionado. La megafonía, por libre: «Su excelencia, Juan Carlos Flaco Valerón» regresaba contra el equipo que lo lesionó de gravedad por primera vez. En el ochenta y dos, el Valladolid anotó su gol, que pasó inadvertido tras el caño que se inventó el Flaco en su resurrección.
General marcó ayer el paso, y Marathon puso la samba. El abrazo dedicado de Lopo al doctor Lariño, dio pie al «Yo te quiero dar» con el que campeonó el equipo en el año 2000. También sonó el «I will survive» de Gloria Gaynor y el «Vivir na Coruña que bonito é».
El Valladolid se vio superado por las circunstancias. Cada gesto de los defensas locales se gritaba como medio gol. No había bronca para los errores. Lotina sólo matizaba y pedía voracidad ofensiva.
La guinda: a Irureta debutó sin derrota en Zaragoza. La tarde era propicia para la épica blanquiazul.