Tras el mostrador del ultramarinos del Cantón despacha un catedrático?que ha heredado el respeto hacia un pasado comercial que se remonta a 1815
01 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.No hay ordenadores en su tienda y a la entrada sigue saludando la hoja de bacalao colgada del dintel. Lo que sí hay es una cortadora de fiambre digna de museo -«La última vez que se utilizó fue hace por lo menos 30 años, una Navidad que faltó la luz»-y las básculas Berkel de las que ya no se ven, con aguja. Como se conserva también el alicatado del suelo, que «entran a fotografiar muchos japoneses», comenta, sin reparar que en cada cambio de baldosa están escritas las sucesivas ampliaciones de la abacería. Porque Aniceto Rodríguez no es un colmado de nueva factura, réplica de los locales con sabor antiguo. No. Custodia -como las balanzas o el solado-, cierta atmósfera secular. «Fue en la Guerra de la Independencia, allá por el 1815, un soldado francés- comenta su actual propietario- desertó y montó en el Cantón, donde estaba el Banco Español, el primer local; de ahí nacieron todos los Dans». En 1880, el negocio se trasladó a su actual ubicación, aunque era mucho más pequeño que ahora, y en 1930 adquirió el nombre actual: «Mi padre, Aniceto Rodríguez, se casó con mi madre, Celia Dans -cuenta- y así llegamos hasta aquí».
Para Aniceto Rodríguez, el ultramarinos es, por tanto, un paisaje de la infancia. No le gusta hablar de sus vivencias, porque «lo importante son los faraones, no el Egipto de hoy», de modo que cuando se le pregunta quién ha colocado el escaparate de Navidad, recién puesto, contesta: «Mi padre, y eso que murió hace 17 años: nosotros solo copiamos lo que hacía él».
Con su bata gris, el comerciante apenas confiesa que desde los 14 años conoce los rincones de unas alacenas en las que ya hace tres décadas se veían conservas de percebes, por citar solo una de las delicatesen que le han valido el prestigio de lo poco corriente. Echar una mano tras el mostrador, desde donde ha ido viendo «lo mucho que cambió la ciudad», no le impidió seguir sus estudios. Aniceto Rodríguez es catedrático de instituto, y todavía hoy «doy clases de contabilidad y gestión financiera» en el Fernando Wirtz.
Al tiempo, la tienda se fue nutriendo con el olfato empresarial de su padre, que viajó y vio: «Él conocía las mejores comidas, los mejores, whiskis y vinos, le pasó muchas botellas a Perico Chicote y cuando se inauguró Alvedro fue el primero en traer auténtico salmón ahumado», recuerda. De él también aprendió que «para vender, primero hay que servir» y cree que el secreto de supervivencia de una casa que sirvió mesas de reyes está, precisamente, en la confianza en el producto -«el que viene aquí busca calidad»- y también en el consejo dado, el trato personalizado. Dicen que el mismo Picadillo fue cliente habitual del ultramarinos con más solera de la ciudad, pero la discreción también es norma de la casa.
Han cambiado los tiempos «hacia los dos lados», opina, y a sus ojos no para ofrecer precisamente algo distinto: «Hay más marcas, pero no más productos», considera. Lo que sí han cambiado son las posibilidades y, con ello, el carácter reservado de determinados artículos. Aunque «el caviar sigue siendo el caviar», a él no le quedan tan lejanos los tiempos en que «hasta el chocolate era casi un lujo; en los años 50 -recuerda- había hambre de todas esas cosas». Hoy, y lo agradece, «aquí entra todo el mundo» y ya son muchos los que siguen lo que para él es una regla también heredada: «Mejor poco, pero bueno, que mucho y malo; a mí -concluye- no me enseñaron de otra manera».