«Tengo mucho carácter y soy incómoda, por eso sobrevivo»

A CORUÑA

No es fácil callarla. De la Iglesia asegura que fue capaz hasta de recriminarle a «don Manuel (Fraga)» que sólo quería a las mujeres en la política «de búcaros»

24 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Ángeles de la Iglesia sigue hablando rápido y alto, con una prisa de muchos años corriendo y el escudo de un temperamento fuerte. «Sé que soy incómoda, tengo mucho carácter, pero por eso sobrevivo: si no, me hubiese quedado por el camino».

Nació en Gondomar, «pero mis primeras luces son de Santiago». Las segundas, de las coruñesas monjas de San Vicente de Paúl, donde la internaron a los 6 años. «Mi mamá -dice con 69- se puso malita, murió cuando tenía 9, pero llevaba dos sin verla». No conoció a su padre, pero era una cría avispada y «la Diputación me pagó el bachiller en el Femenino». Cayó en un «curso de élite», describe, y esta mujer que no es capaz de callarse notó «muchas miradas por encima del hombro» de antiguas compañeras cuando colgó el sueño de irse a Valdecilla a hacerse comadrona por el mandil de los negocios del que, a los 17 y por 47 años, fue su marido, Antonio de la Barrera.

«Pasé del pupitre a detrás del mostrador», resume. Y ahí, en el 55, empezó su historia en los jardines. Primero en la churrería Hermanos de la Barrera y después en La Terminal (junto al café-cantante del Kiosco Alfonso) y en su Atalaya. Dos etapas, con un incendio en medio, le sirvieron para ver crecer a sus hijos (tuvo tres en cinco años «sin dodotis ni lavadora») y a la ciudad: «Yo vi salir el Begoña y el Montserrat cargados de emigrantes y ahora llegan cruceros, vi cambiar el puerto, vi construir la Jefatura, aquí vi por primera vez a los grises, viví aquellas tremendas huelgas... e intenté ayudar a viejos y niños en lo que pude».

En la solapa, lleva el pin de la policía, vecina de enfrente con la que asegura mantuvo una relación permanente, pero a la que, confiesa, «también engañé alguna vez; eran tiempos muy difíciles...». Y todo eso lo vio desde la Atalaya, un nombre que, en un momento, llegaron a compartir dos de los negocios que regentó. Montó entidades que, con el paso del tiempo, se singularizaron, desde la asociación de hostelería a la primera de mujeres empresarias. Aunque ella llegase a los negocios, según considera, «no por elección, yo nunca quise estar en el ojo del huracán».

Con apenas veinte años fue la primera mujer que se sentó en Madrid «con personas que eran instituciones, como Claudio Sanmartín», porque era representante del grupo de Masas Fritas, así se llamaba entonces. «Me mandaron porque sabía leer y escribir y sabían que tenía lengua» y, su llegada a la política, comenta, también sucedió sin proponérselo: «Fue más por amistad que por otra cosa, porque yo no miraba ni derechas ni izquierdas». Y así votó, a la viceversa. Llegó a tener carné de la entonces Alianza Popular (AP) que devolvió.

«Don Manuel me preguntó en el 82 que qué me parecían las mujeres en la política y yo le dije: 'Sólo las quieren para búcaros y yo, para eso, no sirvo'», cuenta, y piensa que «la historia de Francisco Vázquez hubiese sido otra si yo no hubiese estado». «Me llamaron traidora por apoyarlo, pero sentía que no hacerlo era traicionar algo más importante».

«Lo pasé yo muy mal en el Ayuntamiento porque estaba en tierra de nadie-resume de una etapa en la que llegó a ser concejala (de 1983 a 1995)-; llegaron a sacarme de un pleno diciéndome que mi hija había tenido un accidente para que no votase, porque sabían que yo nunca me doblegué a un partido».

La política «no era lo que yo pensaba; mi marido, que era muy sabio, decía que los políticos, como los barcos, si no se mueven crían lastre. Creo que muchos han perdido el Norte, viven en las nubes, no pisan el suelo».

Nunca se ha privado de decir lo que piensa «porque siempre he vivido de mi trabajo» y no morderse la lengua, rozar lo irreverente, le ha costado algún que otro disgusto. Pero le ha valido la pena: «Mira, eu sigo sendo a señora da Atalaya, todos me saúdan pola rúa, coñecín a once alcaldes e a dez xefes de policía, pero non olvidei de onde veño».