La diversión no deja pegar ojo

A CORUÑA

Los vecinos de las plazas de Azcárraga y del Humor soportaron el jueves el ruido que generó el botellón que se formó unos metros por debajo de sus ventanas

29 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

«Ahora se ha puesto de moda la plaza de Azcárraga y los fines de semana se llena. Sin embargo, los jueves sigue siendo el botellón en el Humor», explica S.?R.?F., un estudiante de 24 años que celebra con sus amigos la entrega del proyecto de su carrera. Acaba de llegar a la plaza del Humor equipado: una botella de whisky, dos litros de refresco y una bolsa de hielo. Es uno de los cien jóvenes que a las doce de la noche se daba cita el pasado jueves.

Las clases acaban de arrancar y éste era el primer gran botellón de la temporada. Aunque pudiera parecer lo contrario, no sólo de estudiantes se nutren estas reuniones. «Yo soy un currante, !eh! -dice J.?C. su compañero- La gente aquí es sana y no da problemas, pero siempre hay cuatro folloneros que la montan al final de la noche y todos pagamos la mala fama».

La noche avanza y paulatinamente van llegando más jóvenes. A las doce y media habría unas 150 personas sin que generan más ruido que el normal de la charla.

Sonidos bestiales

«Vamos para arriba que están las churris», dice un chaval a sus amigos. A medida que la gente bebe, la noche se va animando y aumenta la bulla. Sobre la una ya habría unas 200 personas. Un joven australiano, maravillado por esta costumbre, emite sonidos similares a los de un gorila enfurecido. Se convierte en el centro de atención. A cada gruñido, se suceden aplausos. Alguna botella cae contra la acera. De todos modos, el ruido parece estar dentro de lo soportable.

Movimientos

Muchos de los chicos que están en la plaza del Humor caminan en dirección María Pita. Van a la plaza de Azcárraga, un espacio en teoría reservado para los fines de semana. Falso. A las dos, 800 personas la llenan. La estampa es la misma: corrillos en torno a bolsas blancas, alcohol y hielos. El volumen de ruido sube en consonancia.

«Hace dos meses que nos cambiamos», comenta Javier Coveiro, un estudiante de Empresariales. «Hubo movidas chungas en el Humor y aquí hay mejor ambiente. Los chicos confirman que los fines de semana hay coches con potentes equipos de música: «Pero ponen regatón», bromea. L.?B., que estudia arquitectura y no duda en ponerse en la piel de los residentes: «Claro que los entiendo. Con este barullo no se puede dormir. Yo soy vecino de aquí y me pego un tiro».

Urinarios improvisados

Ante tal concentración de personas, la mayoría de ellas bebiendo, surgen las necesidades fisiológicas. A las tres, la orina procedente de los calles que desembocan en la plaza formaba auténticos regueros. «En los bares no te dejan ir al servicio si no consumes, ¿qué voy a hacer, mearme encima?», se queja R.?S.

Poco después de las tres se puede ver un coche de la Policía Local. Está al lado de la Capitanía. Pasa de largo. La gente continúa bebiendo y en la fuente central ya casi no hay sitio para colocar más botellas. «En breve esto se vacía», advierte una chica, que explica que lo habitual es hacer botellón entre las doce y las tres y luego ir la Orzán.

Cristales rotos

A medida que la gente abandona el lugar, se puede ver la cantidad de basura que deja el botellón. También una papelera rota y los jardines resentidos. Quedaba una sorpresa: cuatro jóvenes la emprenden a botellazos. La rotura de los vidrios crea un ruido particularmente violento. Ése que se cuela chirriante en los oídos de los vecinos que sienten cómo les han robado la tranquilidad. Y la paciencia.