La ciudad donde nadie suda

Carlos Fernández A CORUÑA

A CORUÑA

Historias de A Coruña | Visitas ilustres El destacado periodista portugués Hugo Rocha llegaba a la urbe a mediados de la década de los cuarenta para describir en un libro la forma de vida de los coruñeses

03 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Uno de los libros de viajes por Galicia más curiosos del pasado siglo fue el del escritor y periodista portugués Hugo Rocha entre 1943 y 1945. Como consecuencia del mismo, escribió un volumen, titulado Itinerario de Galicia , que publicó Ediciones Studium pocos años después, con un prólogo del escritor coruñés Wenceslao Fernández Flórez. Tras iniciar su viaje por Vigo, Rocha visitó Pontevedra, Marín, A Toxa, A Lanzada, Vilagarcía de Arousa y Santiago, llegando más tarde a A Coruña. Lo primero que le impactó fueron las galerías de la avenida de la Marina, sobre las que escribió: «Son un ejemplo de deslumbramiento. Relucen, si el sol refleja en ellas sus rayos, las vidrieras de los balconajes que, del primero al último piso, revisten los edificios». De ahí que el portugués le diese el sobrenombre de «ciudad de cristal, honroso título que me complazco en darle como sincero homenaje de quien mucho le admira y aprecia», añadiendo: «Entre otras virtudes, tiene A Coruña la de sonreír al viento marino que la acaricia y al sol suave que la dora». Uno de los lugares que más le llamó la atención al viajero portugués fue la pista del leirón del casino, a la que denominó «el salón de baile de los coruñeses de ambos sexos». «Las parejas -escribiría- bailan al son del Bésame mucho o del No lo quiero , pero claro, el Casino no tiene la exclusiva de la danza, pues está la Solana, el suntuoso restaurante construido a la orilla del mar y anejo a la piscina y al solario del mismo nombre, donde un desayuno, una comida o una cena cuestan tanto como en el Hotel Ritz de Madrid». Galanes Continúa diciendo Rocha que A Coruña no se dedica a bailar, pues también «galantea», ya que «muchachos y muchachas aprovechan el baile para dar largas a la mutua ternura que les inflama los corazones sensibles». Añade que la gente toma helados que es un contento, y «los sorbetes en vaso, cucuruchos y pastillas tienen un consumo asombroso; conviene añadir que se trata más de un vicio que de un placer». Recuerda el portugués, y hace suya la frase de Fernández Flórez de que en A Coruña casi nadie suda: «Efectivamente, fuera de los trabajadores del puerto y de los bailarines más fervorosos del culto a Tepsícore en el templo del Casino, no conseguí ver a nadie que sudase una gota o siquiera se quejase de haber transpirado en parte alguna». Escribirá sobre la calle Real: «Está llena, al final de la tarde, de paseantes de todas las clases sociales, especialmente de esbeltas muchachas y de soldados de todas las armas, entre los cuales no faltaban los bizarros miembros de la guardia mora del Caudillo». Ahí se equivoca Rocha, pues los soldados paseaban por el Relleno y jardines próximos a la busca de criadas de buen ver. En cuanto a la guardia mora, no aclara si iban con turbante y lanza, además de que pocas veces paseaban por la céntrica calle. Como contraste al bullicio del centro de la ciudad, Rocha recomendaba como «lugar de silencio» la plazuela de las Bárbaras. El paisaje donde se alzaba la torre de Hércules le pareció un trasplante del de los países escandinavos, aunque los tres elementos (tierra, mar y aire) disponían de colores más vivos que los del paisaje nórdico. A la torre le llamó «el coloso de piedra». Al llegar al jardín de San Carlos, pasa a la lírica: «El sol, que, al declinar llena de polvillo de rubíes la cerca histórica y el viento de la ría que de cuando en cuando puebla de dulces y tristes susurros el jardín funerario, son, quizá, los más fieles comentadores de aquellos dulces versos gallegos que la juventud frívola y despreocupada, no entiende ni quiere entender».