HERCULÍNEAS | O |
22 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.ASUSTADO por el cariz que podría tomar la huelga de transportistas, el lunes me bajé a la tienda de la esquina y dejé huérfanas las estanterías de yogures y paquetes de galletas María. Por unos instantes, mis manos llenas de bolsas cargadas de comida hicieron que me sintiese ciudadano del mundo (del primer mundo, claro). Luego, al recordar las palabras de la tendera, «son tropecientos euros», me empezó a entrar el agobio, sobre todo pensando en que nunca me han gustado los yogures ni las galletas. En lugar de negociar con la vendedora la devolución de la compra, y como mi estrés iba en aumento, decidí ir a la caza de alguna prenda de vestir siguiendo el consejo de una amiga que tiene el mismo nombre que las galletas: «Yo -suele decir- cuando estoy de bajón, me compro un pantalón». Ya en la tienda de moda, una dependienta quiso averiguar si podía ayudarme «en algo». El ruido de la música ambiental era terrible, con lo que tuvo que repetirme varias veces la pregunta. «Si te ayudoooooo en algooooo». El tachún tachún iba en aumento. Ni siquiera podía concentrarme en la compra. Casi estuve a punto de pedirme una copa. Al salir, otra vez lleno de bolsas, tenía tal borrachera de decibelios (¿por qué a las tiendas de ropa les ha entrado complejo de pub?) que no sé si lo que sigue sucedió en realidad o sólo fue uno de los efectos de la resaca: dos agentes del 092 me dieron el alto. «Huy, me parece que te vas a quedar sin carné», dijo el que tenía aspecto de sargento. «Anda, sopla por aquí». Y, dirigiéndose a su compañero, le susurró: «Éste sí que va bueno, por lo menos se ha comprado seis camisas». laureano.lopez@lavoz.es