Un periodista internacional

Este irónico frío y escéptico con vetas de Julio Camba y Salvador de Madariaga, y nacido en la ciudad en 1940, es uno de los españoles más enterados en política internacional


a coruña

Fue el coordinador, en 1963, del primer suplemento cultural de La Voz: Artes y Letras . Hacía crítica de cine, de libros, de exposiciones pictóricas, demostrando poseer un estilo ameno e incisivo.Nació en A Coruña en 1940, hijo del catedrático Enrique Míguez Tapia, director durante casi cuarenta años del Instituto Masculino de Enseñanza Media de la Ciudad Escolar. Licenciado en Filosofía y Letras, y graduado en Periodismo por la Escuela Oficial de Madrid, Alberto comenzó a escribir en La Voz a comienzos de la década de los sesenta.Ante el tribunalDespués levantó el vuelo y se fue a la capital de España, en donde vivió intensamente la vida periodística de la época. Esto aparte de la publicación, en 1966, por la editorial Ruedo Ibérico, en París, de El pensamiento político de Castelao , una antología del ilustre galleguista que le llevó ante el estrado del Tribunal de Orden Público. Fue defendido por el abogado Valentín Paz Andrade, que consiguió que se le condenase a sólo seis meses de prisión y una multa. También escribió libros sobre Julián Besteiro y el éxodo y desarrollo de Galicia.Alberto Míguez fue después jefe de Internacional del diario Madrid (más tarde suspendido y dinamitado por el Gobierno), del naciente diario El País , y, finalmente, del barcelonés La Vanguardia , del que sería corresponsal diplomático en Madrid y enviado especial a zonas de interés mundial (vivió la Revolución de los Claveles en Portugal y la caída de Salvador Allende en Chile). Casado con la francesa Lilliane Dublanc, está considerado como uno de los periodistas españoles más enterados en política internacional. Y lo han dicho personas de tanta garantía como Leopoldo Calvo Sotelo, Fernando Morán o Francisco Fernández Ordóñez.AnalíticoAlberto, prematuramente clavo, con propensión a la obesidad, ojos azules escrutadores, es un analítico en un país de vehementes, un irónico frío y escéptico con vetas de Julio Camba y Salvador de Madariaga.Sólo se alteró en una ocasión, cuando, en el verano del 86, su chalé de Zumaya (Guipúzcoa), en el que se encontraban veraneando sus suegros, mujer e hijo, fue asaltado por un comando terrorista, que lo incendió con la familia dentro. Hoy, aunque jubilado, sigue colaborando con programas radiofónicos, periódicos digitales y revistas de pensamiento. Sus opiniones siempre son valiosas.

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