Las mañas del sisón

Alfonso de la Vega A CORUÑA

A CORUÑA

EDUARDO

Crónica | Tercera corrida Fran Rivera desperdició un buen toro mientras sus compañeros de terna, Liria y el Cordobés, preparaban la salida a hombros con un par de orejas en la mano cada uno

06 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Sisón era el nombre del primer toro de Rivera Ordóñez, un buen toro que no quiso ver. El sisón es un pájaro de curiosas costumbres, gregario y gran volador a rebufo en invierno, solitario en primavera. El cazador furtivo sabe que entonces en vez de arrancar el vuelo se agarba para esconderse. A diferencia de su gran congénere, la avutarda, con ambas mañas persigue la ley del mínimo esfuerzo. Y en esto se está transformando la fiesta. Los consagrados tienden a hacer de sisones. Si se premia igual la sólida faena de Pepín Liria que la charlotada de El Cordobés, ¡para qué hacer más! Idem con la antigua suerte de piqueros. El primer tercio que ahora es el primer quinto, o cuarto y mitad de la lidia, viene a ser simbólico. Los toros no se pican y, pese a tal, apenas pueden con su cuerpo en cuanto se le dan dos pases. Pepín tuvo que mimar al enjabonao que brindó al alcalde Paco Vázquez, pero no hubo manera. En su primero estuvo muy bien. Aleluya era un colorao muy bonito que permitió su lucimiento aunque no tanto como para asistir de pie como si fuera su homónimo de El Mesias de Haendel. Lo recibió de rodillas y se lució con el capote. Muleteó bien por la derecha, ligando buenos pases en redondo a los que siguió una meritoria tanda de naturales aguantando pues el toro se iba quedando sin gas. Metió más de medio estoque, un poco bajo y tendido, que resultó suficiente. Valiente, serio y torero aunque la segunda oreja quizás fuera demasiado premio. La crónica de toros debería acabar aquí pero pasamos ahora a Sociedad y Variedades. El Cordobés es un personaje simpático y amable pero otra cosa es que toree salvo cuando se distrae. El primero era un manso que le mandaba recados. Lo intentó al natural pero eso no es lo suyo. Tras unos adornos pintureros, liquidó a Patizambo a la segunda. El cuarto, segundo de su lote hizo una violenta salida. Tras la vara, fue bien banderilleado. Brinda al público e intenta nuevamente el natural tras doblarse para hacerse con el bicho. Después de varios enganches se fue a su repertorio. Hasta tres saltos de la rana seguidos. Sin embargo, presintiendo el triunfo, lo mató con un buen volapié. El presidente estuvo casi heroico. Retardaba las orejas, por si acaso le pedían la tercera, una por cada salto de la rana. Al final sucumbió a la presión del público y el diestro madrileño se llevó también sus dos orejas. Rivera Ordóñez no se fiaba del tercero mal lidiado, pero que no era tampoco el torito simplón habitual: había que torearlo y eso era demasiado. Lo mató de una entera en el rincón que popularizó su ilustre abuelo. El sexto era un animal trasvestido de toro que no sabía qué pintaba allí. Intentó irse, pero ya que no pudo, se dispuso a ayudar al lucimiento. Para ahorrar que Rivera tuviera que ponerlo en suerte se fue al portón para que le picaran según salía el varilarguero y terminar cuanto antes. Visto y no visto, casi no dio tiempo ni a despedirse del presidente. Muy bueno el último par de banderillas. Menos mal para el prestigio de la plaza que mató a la séptima que sino también abre la puerta grande.