Gerardo Gutiérrez volvía a puerto después de pasar la tarde navegando en su velero. De pronto, avistó dos motos de agua paradas y con sus ocupantes medio ahogados
20 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?Si no nos llegamos a encontrar con ellos, no sé qué habría pasado. Estaban los tres en el agua, casi muertos de frío y sólo uno de ellos estaba bien, porque los otros dos estaban heridos, y de vez en cuanto, las olas los tapaban». El que habla es Gerardo Gutiérrez, la persona que el pasado domingo auxilió a los tres ocupantes de dos motos de agua que habían colisionado en la ría de Ares. «Volvíamos a Sada cuando, a una milla de la bocana del puerto, vi dos motos de agua paradas y sin nadie encima. Me pareció extraño, así que cambiamos de rumbo. Al llegar allí, había tres chicos con chaleco salvavidas, dos de ellos estaban heridos. La chica había recibido un fuerte golpe en la espalda y estaba semiinconsciente», recuerda. Fue entonces cuando envió un mensaje de socorro, y rápidamente apareció una patrulla de la Guardia Civil del Mar. Salvamento «Al único que pudimos subir al barco era al chico que estaba ileso. A la chica, como se quejaba de un fuerte dolor en la espalda, no podíamos subirla con un cabo. Y el otro chico, que era su novio, no quería dejarla sola. Cuando llegó la Guardia Civil, bajó la zódiac y una camilla de salvamento para subirla», explica. Fueron momentos de gran nerviosismo, sobre todo porque no se sabía la gravedad de las heridas de la joven. «Con nosotros viajaba una amiga que es enfermera y le dijo que moviera los pies, porque podría tener afectada la médula. También le pellizcamos para ver si respondía, aunque tenía tanto frío y estaba tan nerviosa que apenas hablaba», dijo. Gerardo Gutiérrez no sabe cómo sucedió el accidente entre las dos motos de agua. La versión que conoce es la que le dio el chico que salió ileso. «Él iba detrás en su moto y delante iba la otra pareja. De pronto, la moto de delante se paró. A él no le dio tiempo a esquivarlos y les pasó por encima. Por eso, la chica recibió un golpe tan fuerte en la espalda, y el chico casi no podía respirar por el golpe en el pecho que había recibido. Fue una suerte que llegáramos», concluye.