HERCULÍNEAS | O |
22 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EN LOS jardines de Méndez Núñez lo que florece todo el año son las plantas trepadoras de la Rosaleda, los cabezones de piedra y bronce de los escritores plantados sobre el césped y los niños revoltosos, que desde hace medio siglo usan los arcos de las rosas como portería y juegan a pegar balonazos a los viejos que dormitan en los bancos al sol de los lunes o del día que sea. Pero hoy, 23 de abril, lo que florece entre el pavimento cicatrizado de Méndez Núñez son las quince casetas de la Fiesta del Libro, donde copulan las palabras de quince mil títulos que ya no vamos a poder leer en la vida, aunque nos vayamos a la isla de Robinson Crusoe y pongamos la barba a remojo en la tinta de todas las novelas del mundo. Hoy es el Día del Libro porque, según la leyenda, el 23 de abril de 1616 entraban en la muerte con los ojos abiertos (como exigía el emperador Adriano) los dos titanes de las letras universales: William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Así que lo mejor para celebrar el único día del año en que nos acordamos de ese objeto llamado libro será sentarse en Méndez Núñez, dejarse regar por los jardineros, y leer la penúltima greguería de Ramón Gómez de la Serna: «Lo bueno sería que al final se descubriese que los molinos no son molinos, sino gigantes». luis.pousa@lavoz.es