Tabernas 11

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

04 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EN EL NÚMERO 11 de la calle Tabernas -donde, por cierto, y para cumplir escrupulosamente con la ley de las paradojas, no existe ninguna tasca- se escucha todavía el eco de Emilia Pardo Bazán, que se pasea por los salones de lo que hoy es su casa museo arrastrando las enaguas de seda y su prosa descarriada. También se puede percibir, si uno aguza el oído, la calada que le pega al pitillo, agazapado en un rincón del vestíbulo, el espectro de Ánxel Fole, que se baja al portal para fumar, como si a los muertos también les hubiese llegado la fanfarria de la prohibición del tabaco. Ya ni los cadáveres pueden fumar. Fole, con los dedos siempre sucios de tinta y de nicotina, se ha llevado a la eternidad su perpetuo despiste y anda por ahí con la corbata a medio desabrochar y mascullando sus cuentos de inviernos y lobos. Tabernas 11 es una hermosa mansión de piedra y galerías de la Ciudad Vieja donde a veces se aparecen las gafotas de Cunqueiro, las geometrías que soñaba Dieste y las carcajadas de Casares, que un día contó aquí su relato de un pulpo gigante y tuvo que leerlo a pedazos porque le daba la risa. En Tabernas 11, donde cohabitan la Real Academia Galega y el museo de Pardo Bazán, a uno se le llenan los bronquios con el veneno antiguo de la literatura. luis.pousa@lavoz.es