HERCULÍNEAS | O |
06 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.EN LAS BIBLIOTECAS públicas -esos lugares donde aún se pueden hacer gratis un puñado de cosas- lucen carteles anunciando que no sé que directiva de la Unión Europea bendecida por la SGAE nos arrebatará en breve el placer de leer un libro por el morro. Habrá que apoquinar un canon por derechos de autor para subvencionar la atribulada carrera de García Márquez. Desde que hay literatura -allá por Homero- ha habido bibliotecas abiertas al paisano ocioso con hambre de letras (Alejandría y así). A ningún burócrata se le había ocurrido hasta la fecha atacar el bolsillo del lector, una especie que no es que esté en peligro de extinción, es que lleva camino de que lo tengamos que meter en un bote con formol para enseñárselo a las generaciones venideras en una de esas exposiciones tan molonas de la Domus. Decía Charles Bukowski que evitó convertirse en un suicida o un ladrón de bancos gracias a que la biblioteca pública de Los Ángeles era uno de los escasos lugares donde le trataban como a un ser humano. Aquella biblioteca estaba allí cuando yo era joven y necesitaba algo a lo que aferrarme, escribe el poeta yanqui en un verso. Aquí, Bukowski tendría que dedicarse a dar tirones por la calle para poder pagar sus lecturas. luis.pousa@lavoz.es