HERCULÍNEAS | O |
09 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.EL ESPÍRITU navideño planea sobre la ciudad. Envuelve. Hace dos días se encendieron las luces. Y hace mucho que se encendió la ira de los antinavideños, como la de mi amigo Juan. No habla de otra cosa. Odia la Navidad, y como él muchos. Dice que no le gusta porque hace subir los humores financieros, los atascos, la euforia y la histeria; el marisco de la plaza de abastos (no hay quien le ponga la mano encima, pero siempre acaban agotándose las existencias); los precios que bailan sobre la cuerda floja donde se encaraman nuestros hijos, abrumados por sus deseos consentidos por el consumismo. ¡Juguetes, mamá! ¡Papi, mira los Increíbles, Nemo! Los puños de Hulk golpean los bolsillos y las Barbi tienen una mirada que te dice: ¡cómprame! El castillo de Howard, de Harry Potter, se infla como la espuma: 65 euros ayer, hoy 75 euros. No importa. El niño quiere el mundo y todos los juguetes que hay en él. Empuja a sus padres en el laberinto de las compras. Consumismo, consumismo, dice mi amigo. «Oye, Juan, respondo, esto engancha». En mi pueblo no celebrábamos la Navidad hasta que llegó el colono y nos dijo: podéis parar la lluvia pero nunca detendréis la Navidad. victor.omgba@lavoz.es