«Me asusta no volver a caminar»

R. Domínguez A CORUÑA

A CORUÑA

Testimonio | La vida en la Unidad de Lesionados Medulares El mar no es blando. Tampoco inofensivo. A Martín, una zambullida le hundió en la inmovilidad. Tiene 21 años y hoy cumple tres meses en el Canalejo por el empeño y la valentía de sus padres. Han dejado todo en Venezuela por su rehabilitación

18 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

?artín tiene 21 años y hasta hace bien poco estudiaba ingeniería industrial a 6.500 kilómetros. En Caracas. Menos distancia, exactamente tres metros, dieron un vuelco a su vida el 25 de enero. «Al menos estoy vivo, eso es lo importante», dice en su cama del Juan Canalejo. Aquel anochecer de sábado, como tantas veces había hecho donde todo el tiempo es verano, se tiró al agua desde un malecón del trópico. Un mal paso. Resbaló y cayó al mar. Se golpeó la cabeza contra una roca. Cuando despertó, apenas podía mover los codos y la muñeca derecha. Sufrió una lesión medular similar a la del fiscal gallego de la Audiencia Nacional, Fungairiño. «Todo fue muy rápido, nunca pensé que fuese tan grave, hasta que vi la cara de mis padres. Entonces, me di cuenta de que era realmente importante», recuerda Martín. Estuvo tres veces a las puertas del quirófano. «En Venezuela, la sanidad pública está como el gobierno -reflexiona- no funciona... una vez no me operaron porque no había agua, otra porque no habían limpiado el material y otra porque cortaron la luz». Días después del accidente, con escaras porque ni siquiera le habían cambiado de posición, vecinos y amigos ayudaron a la familia -el padre llevaba un año sin cobrar aún siendo jefe de mantenimiento de un centro público- a reunir el dinero para trasladarlo a una clínica privada. «Nos apoyaron todos, sobre todo las gentes del Centro Asturiano, donde me la pasaba todo el día desde chiquito porque estaba al lado de mi casa». Martín se había convertido allí en un buen nadador y mejor futbolista. La primera intervención se complicó. «Cedió un tornillo», resume, y volvió a pasar por la mesa de operaciones. Enseguida, lo enviaron a casa. Semanas tardó Perfecta, su madre, en encontrar buceando contra la corriente de la burocracia una salida. Administrativa de registros médicos, sabía que Caracas no regala ni esperanza. «No funciona la rehabilitación y me ofrecieron enviarlo a Cuba, pero ¿has visto cómo están los carros, cómo vive la gente?». Perfecta es hija de ourensanos y «el papá de Martín nació en Monforte», explica, así que se vinieron dejándolo todo atrás. Incluido su otro pedazo de vida, Mónica, la hermana chica del chico. Recordando a «mi niña», como la llama, por una sola vez la emoción vence la entereza materna. Llevan desde el día del padre en el Canalejo, donde Martín ya ha pasado por un aislamiento y otras dos operaciones. «Un milagro es posible -trata de convencerse la madre- sólo hay que ayudarlo un poco, estar en un sitio con condiciones». No es fácil. Aún a pesar de que «todos ustedes son muy solidarios», agradece. El padre se ha puesto a trabajar en la construcción y ella busca empleo. «Me angustia cómo vamos a hacer con su cuidado, tenemos que trabajar». De temores también sabe Martín mientras sueña en dejar la cama para ver Riazor. «Me asusta no volver a caminar, pero igualito voy a terminar mis cosas, mis estudios..., aunque estoy casi seguro de que volveré a andar, tardaré un año, dos... pero volveré», insiste. Se acuerda el muchacho de una canción -«dice algo así como 'vive todos tus días como si fuera el último'»- y vuelve a repetir: «Es una cuestión de tiempo, por eso hay que tomárselo con calma. Si no, uno se desespera».