HERCULÍNEAS | O |
30 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.A LOS YANQUIS les gusta cazar mariposas en el espacio. Encierras a cuatro ingenieros de la NASA en una buhardilla y te salen a las dos horas con un artefacto que, puesto en órbita, es un ojo giratorio que escudriña la Tierra como aquel niño aburrido que castigado en el recreo no para de darle vueltas al globo terráqueo de la escuela. Otros artilugios bucean en las galaxias, en las nebulosas y en los agujeros negros, hasta tocar los bordes del universo que, al parecer, es curvo (al final todo se curva con la edad). Lo último de estos fetichistas del cosmos, de estos cazadores de mariposas entre las estrellas, es que quieren posar una sonda sobre la cola de un cometa. Pero el yanqui fardón, el que saca pecho porque uno de sus inventos ha olfateado un rastro de hielo entre las cicatrices de Marte, ignora que en Monte Alto hace muchos lustros que pisamos suelo marciano y que, sin necesidad de satélites ni Apolos averiados, caminamos cada mañana por la Luna. Para odisea espacial -y sin que las naves tengan que copular al ritmo de un vals como soñó Stanley Kubrick-, la de mi barrio, un rincón del hiperespacio en el que los niños juegan a astro-nautas montando en bicicleta entre el Campo de Marte y la calle de la Luna. luis.pousa@lavoz.es