Luchar contra lo conocido

| CÉSAR WONENBURGER |

A CORUÑA

CRÍTICA MUSICAL

19 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS PROGRAMAS que dirige Pons, actual responsable de la Orquesta Nacional, suelen tener un componente de novedad, de envite, de riesgo, lo que no siempre resulta del agrado del público. El año pasado se recordará cómo filas enteras de abonados dejaron el auditorio antes de la conclusión de la Turangalila , de la que el director catalán nos dejó una interpretación formidable. Ahora no ha habido deserciones, pero sí una absoluta indiferencia para la obra de Benet Casablancas, presente en la sala -sólo al salir él a saludar, e intuimos que como cortesía, los tibios aplausos aumentaron ligeramente su intensidad-, que abrió el concierto. Y eso que los planteamientos estéticos del catalán no son excesivamente rompedores, pero el público está claramente por que lo complazcan. Sus 3 epigramas se mueven dentro de los esquemas conocidos de un lenguaje que aún siendo personal busca sus raíces en los postulados de la Segunda Escuela de Viena -que dónde queda ya- y se expresa en formas sencillas: adopta la construcción en bloques, utilizando todas las posibilidades de la orquesta, para crear climas sonoros fragmentarios que dejan en el oyente una sensación de suspensión, de inquietud, de azoramiento. Tampoco Schreker, que no tuvo demasiada suerte en su tiempo, gustó demasiado. Existe la sana intención de recuperar a compositores cuyas trayectorias fueron defenestradas por el oprobio y la sinrazón nazi, pero ésta no siempre se ve compensada con el interés de unos oyentes que ya tienen sus marcadas preferencias. Frente a la rica sensualidad de los lieder orquestales de un Strauss, por ejemplo, que dominaba todos y cada uno de los resortes de la voz femenina, el mensaje austero, despojado de Schreker puede resultar pálido. Aún así hay que decir que el tratamiento orquestal de estas canciones es de una sutileza exquisita, y que Sara Fulgoni las interpretó poniendo énfasis en cada uno de sus delicados matices expresivos e iluminando la belleza nostálgica de unos textos de indudable calidad literaria. Las cosas funcionaron mejor en la segunda parte, con el regreso de un viejo amigo, Schumann. Pons no es un director de efectismos ni piruetas. Su contundente gestualidad quizá esté lejos de la elegancia, resulta más eficaz que otra cosa, pero lo importante en último término son los resultados que obtiene. Y en esta Segunda Sinfonía han sido soberbios. Punto culminante de una interpretación sin fisuras, con las necesarias dosis de turbulencia y sentimiento, fue quizá el Adagio , expuesto con la intimidad de una plegaria, donde la madera (lo mejor de esta orquesta, como demuestran cada día) tuvo oportunidad de lucirse. Tras un vibrante finale , vinieron largas ovaciones: los músicos obligaron al maestro a recibir en solitario las aclamaciones del público. Orquesta Sinfónica de Galicia .