Malos tiempos para la lírica

A CORUÑA

Sí. Hasta los cabezas de lista pierden, por momentos, la cabeza. Son seres humanos, estos políticos. Acatarrados, como Marón; ojerosos, como Rodríguez; ansiosos de un pitillo rubio, como Erias. Cosas de la guerra, perdón, de la campaña. Casi no hace falta echarle un ojo al calendario: sus muecas dicen por sí solas que llegamos al tiempo de descuento. Sujetan, Erias y Marón, un fajo de papeles. «Esto lo hemos heredado del PSOE», «esto es por culpa del PP», «los datos hablan por sí solos», «mire, señora Marón», «ya le miro, señor Erias», «pues no me mire tanto». Rodríguez, al otro lado de la mesa, pide turno como quien pide la cuenta desde la mesa 24 de un restaurante. O sea, chasquea los dedos, y también quiere que le presten atención. Se la prestarán, pero tendrá que devolverla, porque aquí nadie regala nada, aunque, casi, casi, Erias se hace amigo suyo: hasta cuatro flores -«estoy de acuerdo con usted»- le ha enviado en apenas una hora. Es un mediometraje sin imágenes. Aquí, la imagen es la palabra, la voz cantante, y se la pisan unos a otros, porque saben lo que vale un peine, un oyente, un voto indeciso. ¿Y lo que vale el pan, y el precio del peaje? Parece que también lo saben, aunque se les ve cómodos en el a-pa-sio-nan-te terreno de la macroeconomía. Así va transcurriendo el debate, entre Santiago y A Coruña o La Coruña, con Ferrol, Galicia o Galiza, entre Izar Fene y arribar a punta Langosteira. Agua, pero no café Sube la temperatura en el estudio. Erias se viste el traje de torero y ensaya una verónica: «A ver si se aclara, porque habla de democracia y luego me hace callar». Y a Marón, Marón y medio: «Pues yo también lo voy a interrumpir». Rodríguez, que ha puesto muchas caras, hace un gesto como para santiguarse y no quiere ser menos: «Demagoga, pero demagoga mala, ¡eh!». Ahora todos tiran a puerta, y pasamos de un debate a un mercadillo: hay porciones de jabón, sí, pero también canela fina, botellones de vinagre y lentejas, si no las quieres las dejas. Fin, y las aguas vuelven a su cauce, porque había café en el estudio, pero nadie se atrevió, mire usted por dónde, a abusar del excitante.