Zapatero pide un aplazamiento de su declaración por la «complejidad» del sumario
HERCULÍNEAS | O |
01 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.LOS CORUÑESES del siglo XXI entraremos en la ciudad por la avenida de Nueva York y desembocaremos en el Hong Kong de la zona portuaria. Nuestro skyline recordará al de Manhattan y en la estación intermodal el turista no sabrá si se encuentra en Washington o en San Cristóbal. Si la torre de Hércules la hicieron los romanos y la Domus el inigualable Arata Isozaki, la esencia del coruñesismo parece condenada a sobrevivir en las rocas percebeiras donde un puñado de osados se juega su vida cada día. Claro que nos estamos olvidando de alguien. Alguien como esos vecinos de As Xubias o Eirís, Labañou o Bens, que se resisten a dejar su modo de vida tradicional, con su apego al terruño y a las costumbres de toda la vida. Como el vecino que cada día del año, da igual que nieve o truene, caiga un sol abrasador o sople una ventolera de huracán, trabaja al pie de mi casa. Se pegan los políticos por acabar con la especulación y prometen bajar los precios del suelo. Y él, con un terreno que vale millones, prefiere disfrutar de su pensión haciendo lo que ha hecho toda su vida: trabajar para comer lo que la propia tierra le produce. Que ya lo echarán de menos sus nietos. francisco.espineira@lavoz.es