HERCULÍNEAS | O |
24 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.PARA VIAJAR a Guatemala la pasada Navidad tuve que atravesar Barajas de pitón a rabo. Acostumbrado como estaba yo a Alvedro, tan sencillo como una parada de taxis. Aterricé en Barajas. Con la lengua fuera y hasta con agujetas, calculo yo que desde Nacional a Internacional hay algo así como treinta kilómetros. Los aeropuertos son un absoluto desastre y la cosa va a peor. Hay puertas de embarque que caen tan lejos, que no parecen del aeropuerto de Madrid, sino del de Toledo. El mundo se esfuerza por hacer la vida más agradable y los aeropuertos la han tomado con los que cogemos el coche para ir a por el pan. Mi madre, que superó los sesenta, ¿cómo va a correr en quince minutos los 3.800 metros de la maratón de Sidney, digo, del avión de Miami? Subidos ya al avión, el aparato comienza a circular por las pistas durante media hora, haciendo pensar a uno que a Miami vamos a ir por carretera. Ya en el aire, como la cosa está en achicar espacios, uno se pasa nueve horas encorsetado. Y dejo para otra columna a las azafatas y azafatos. Así que choque usted esos cinco, compañero viajero. Yo que era mucho de usted, lo soy ahora más, desde que ha dicho que no le tiene miedo al avión, sino a los aeropuertos. alberto.mahia@lavoz.es