HERCULÍNEAS | O |
10 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.LA NOCHE no sólo confunde a los atletas cubanos del sexo. También al periodista que, resacoso o todavía ebrio tras una noche de verbos y adjetivos, puede sorprenderse a sí mismo pidiéndole una cursiva a la panadera, me pone una cursiva, cómo, me da una cursiva, perdón, una baguette , una baguette , ah bueno. Son cosas del exceso de tinta en el cerebro o tal vez un primer síntoma de la locura y la bohemia del periodismo, que lleva a matar el rato pensando en esa letra medio acostada (como si le hubiéramos soplado en la espalda para tumbarla sobre la página). Antes, en los tiempos jurásicos de las linotipias o así, dicen que había un individuo que se paseaba por la redacción con los bolsillos llenos de letras por si faltaba alguna pieza en el rompecabezas de las cajas con tipos de plomo. El señor de las letras sacaba una consonante cualquiera del mandilón y la calzaba a voleo en una columna. Eso sí que era literatura del azar, eso sí que era escritura automática y de vanguardia y no la de los surrealistas parisinos, demasiado aturdidos por la absenta. Al señor de las letras, al cajista, o como se llamase, se le podía pedir una cursiva, pero no a la panadera que, estupefacta, ya juraba entre blasfemias contra eses franceses que lle chaman cousas raras á barra de toda a vida. luis.pousa@lavoz.es