Crónica | Primer día del programa «Madrugadores» El colegio Eusebio da Guarda abrió sus puertas a treinta niños a las siete y media de la mañana
06 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.?lgunos niños entran con la luna en el cole. Es de noche cuando los portones del Eusebio da Guarda se desperezan de golpe, a golpe de nudillo. Clara, 3 años y treinta tirabuzones, es la primera en llegar. Aún no han dado las ocho y es la más madrugadora del programa Madrugadores , impulsado por la Federación de APAs y el Ayuntamiento. Ni bosteza ni pestañea y apenas habla. Lo hacen sus ojos oscuros de mirada como ella, clara. No pierde detalle y ve algo dudosa tanta inquietud. Es día de estreno. El primer día del desayuno en el colegio. Hay cámaras, flashes, señores de traje y corbata y gente que no conoce que le pregunta si están buenos los cereales chocolateados. Demasiado extraño. Se agarra a María, una de las camareras-cuidadoras encargadas de servir la tempranera comida. Es su salvavidas, que aprovecha y le mete una cuchara en la boca sin soltarle la manito. Y todo vuelve a ir bien. Ratoncito Pérez Sheila pone la otra cara. «Tengo cinco años y medio», se apura a decir. No se intimida. Es un desparpajo rubio al que el Ratoncito Pérez acaba de visitar. Sonríe desdentada y señala el hueco de su encía. «Me dejó un billete de los grandes, de cinco euros», cuenta. Mientras, coge otra galleta. «Hay tantas cosas...». La custodia su hermana Silvia. «Tiene 11 años y llevamos la misma talla», aclara la pequeña por si cabía alguna duda sobre sus rechonchos carrillos, siempre llenos. Para la mayor, con una particular teoría de belleza, madrugar no ha sido problema: «Si duermo mucho, me salen ojeras», asegura. Lo cierto es que a ella no le afectan ni hinchazones, ni legañas, ni demás signos externos del descanso interrumpido por el despertador. A ella, desde luego, no se le pegan las sábanas. Silvia, igual que la bella Andrea, está tan radiante como bullicioso Manuel, a quien ya le pasó el sueño que le ataba a la cama: «Casi me dormía en casa», farfulla nada más llegar acompañado por su madre y su hermano pequeño, Raúl, que apenas sabe todavía hablar. Para él hace recolecta Manuel, que se guarda galletas e intenta en vano colar una naranja gigantesca para su diminuto bolsillo de mandilón. Hay más sentados a los pupitres-mesas de comedor. Como Elsa, encantada de sustituir el aceite de las tostadas caseras por la mermelada de fresa, casi tan dulce como ella. «Me gusta más el desayuno del cole», asegura. De comparativas saben mucho los niños. Martín -«en el futbito me llaman Jaime porque hay otro Martín, aclara- reflexiona sobre la familiaridad de los alimentos, independientemente de dónde se sirvan: «Algún parentesco tienen -dice- en casa también tomo leche, zumo...». Junto a él y ya en la sala de actividades abierta para ocupar el tiempo hasta que suene la sirena de entrar a clase, está Diego. Él viene desde Arteixo todos los días. «Papá y mamá trabajan aquí, y yo prefiero venir con ellos a este cole, aunque me iban a mandar a otro». Precisamente por razones como las de Diego se inauguró ayer el servicio de desayuno y guardería. «El Ayuntamiento también quiere madrugar -dijo Carmen Marón, concejala de Educación- en iniciativas que ayudan a conciliar la vida laboral y familiar, que ayuden al empleo femenino». Ensayo De ahí que desde ayer el Eusebio de Guardia abre sus puertas a las siete y media de la mañana. «El curso que viene serán más, a medida que lo demanden los padres», se comprometió la candidata del PSOE al Congreso después de saludar y comprobar que con los niños todo es mucho más natural. Quizá por eso a Laura no le importó demostrar que la timidez se escapa a medida que el cuerpo se estira. A la pequeña, como a todos los demás, apenas media hora le bastó para recargar, por si no era suficiente, baterías más que alcalinas. Dieron buena cuenta de leche, cacao, tostadas, fruta, cereales... un completo desayuno equilibrado para afrontar la jornada escolar. Los treinta minutos de recreo antes de iniciar las clases los emplearon en actividades, junto a los también madrugadores que llegan desayunados de casa. Diego se dispuso a repasar «para los controles» y Clara, que entró con la luna, salía con un sol por colorear. ¿Y de qué color? «De amarillo». Claro.