HERCULÍNEAS | O |
23 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.EN TODO el planeta se repiten los escenarios de lo entrañable y de lo sórdido, conceptos que a determinada altura de la vida pueden coincidir en la pupila de extrañas geometrías del adolescente. Los aeropuertos suelen ser hermosos y luminosos, mientras que las estaciones de trenes guardan en su memoria algo así como la antigua gloria de los grandes ferrocarriles del pasado y de legendarios caminos de hierro en los que se perpetraban impunemente amores y crímenes. Pero las estaciones de autobuses de todo el planeta, con su rastro de aceite negro sobre el asfalto, conservan un perfume clandestino. En ellas se mezclan los personajes de una fauna nocturna que deambula sin rumbo desde los andenes desiertos hasta la barra de la sórdida -o entrañable- cafetería, a la que acuden para sacudirse la madrugada y la intemperie de la suela de los zapatos. El bar congrega a una Santa Compaña compuesta por náufragos que aguardan por viajeros que nunca llegan. El quiosco, forrado de carne desnuda, completa el paisaje desolado en el que sólo la consigna (ese hotel para maletas) permanece alerta, como el último vigía que vela por los pasajeros insomnes que se dejan llevar por las escaleras mecánicas. luis.pousa@lavoz.es