HERCULÍNEAS | O |
03 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.HAY TRIUNFOS que sólo se reconocen y méritos que sólo se admiten tras la muerte. Pero de Andrés Durán pudimos decir los que lo conocimos que era el mejor de los nacidos sin necesidad de esperar a que fuese el mejor de los muertos, sin necesidad de que tuviera que tomarse el cuidado de ponerse malito y decir adiós. Yo no sé si queda gente como Andrés. Me gustaría creer que sí. Me gustaría creer que aún hay gente a la que le da igual lo que digan de ellos después de muertos, porque fueron capaces de que dijeran algo bonito de ellos mientras estaban vivos. Andrés Durán era el presidente del colectivo Moucho, una especie de Equipo A que cuida de los drogodependientes. También se ocupaba de los presos, tal vez porque pensaba que debía de ser muy triste que un hombre no pueda soñar con dar seis pasos sin despertarse con la cara contra una pared. Su muerte se extendió por la Sagrada Familia como un cantar de ciego y dejó en su barrio la parábola de la generosidad. Es de esas raras variantes del thriller suburbial que no se dan tan a menudo como se quisiera. Para él quería bien poco: un café cargado y un pitillo negro, el maldito pitillo negro que nos lo mató. Adiós Andrés, tan pronto salga de aquí nos volveremos a ver. alberto.mahia@lavoz.es