HERCULÍNEAS | O |
17 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ME ESTOY acordando de Sigourney Weaver, aunque la bella heroína que liquidó al alien de la película lo tendría crudo en el aeropuerto de Alvedro. No se sabe qué clase de confabulación amenaza con el exterminio de un aeropuerto cuyo crecimiento se ha limitado a cero contra cualquier previsión económica razonable. La última de las miles de excusas en forma de palabras ininteligibles se ha traducido en algo tangible. Cuando me asomo a la ventana de mi casa y veo un manto gris, esa niebla que tanto me recuerda a Siniestro Total -¿también mi subconsciente piensa en Alvedro?-, ya sé que mi aeropuerto no funciona. A este paso, en la loma que domina la ciudad no va a quedar más que la torre de control. Cada vez hay menos compañías; apenas se ven aviones más que unas cuantas veces al día y por faltar se echa de menos incluso a la espantosa escultura de Francisco Leiro cuando falta cuatro días para ir a una exposición. Aquí, la Weaver lo pasaría mal para encontrar un amasijo de hierros en el que esconderse. Quizá por ello, prefiero recordar su sonrisa angelical como protectora de los peludos gorilas que se refugiaban en la niebla. francisco.espineira@lavoz.es