Reportaje | La otra cara de Os Mallos Francisco Dopico nunca ha vivido en una casa con agua corriente. Cada vez que quiere ducharse debe ir a la fuente. Es fontanero, paradojas de la vida
20 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.No viven en una ciudad bombardeada, ni siquiera en un barrio apartado y están lejos de pertenecer a un colectivo marginal. Ni ellos mismos lo entienden, pero lo cierto es que varias familias de Os Mallos no tienen agua corriente, ni alcantarillas. «Levo toda a vida carretando auga dende a fonte, parece un castigo», asegura Leonor, una coruñesa que llegó a la zona hace 42 años. Francisco Dopico nació en el número 31 de la calle Puerto Rico. Cuando se casó, se mudó al 35, la misma casa en la que crió a su hijo. Una vivienda cuidadísima y llena de recuerdos familiares, pero con un fregadero y una bañera desnudos de grifos. «Eu que traballei de fontanero, vou morrer sen ter grifos nesta casa», se lamenta. Todos los días a la fuente Francisco se levanta cada mañana y se va a la fuente. «Teño que traer auga para lavar, cociñar... Hai que facer varias viaxes. E, despois, na casa, para bañarse hai que quentala», asegura. «El problema es que ahora ya está mayor para tanto esfuerzo», relata su hijo Miguel. De hecho, los sanitarios que atienden a enfermos de la zona aseguran que deben ir cargados de suero para poder realizar curas en estas casas. No obstante, las incomodidades de los Dopico no sólo se reducen al agua. Tampoco tienen alcantarillado. «Diante do cuarto de baño teño un pozo negro que hai que vaciar cada pouco», explica. Al menos otras seis familias comparten el problema. Dos de ellas son las casas de Mercedes Lamas y Ángeles Rodríguez. «Los pozos están mal tapados y son un peligro para los niños», denuncian. Pilar vive junto a su madre, Leonor, en el último piso de un edificio sin agua. «Mira dónde he dormido toda mi vida ¿Qué te parece?», asegura mientras sonríe a la vez que echa un cabo al interlocutor, atónito ante la estancia. La habitación de Pilar es más pequeña que muchos armarios. Hay que agacharse para entrar y casi no cabe una cama estrecha. «Imagínatela hace unos meses llena de ratones. Tuve que comprar un gato para acabar con la plaga», asegura.