Una exposición fotográfica en el Instituto de Monelos recupera la memoria histórica del barrio
A CORUÑA
Corre el año 1963. El obturador inquieto de Pepe Temprano dispara sobre varios objetivos. El paisaje es el mismo. No tiene nada de extraño. Pero la intención del fotógrafo es clara. Quiere guardar material en su propia retina y en las de las generaciones futuras. Ayer las dos generaciones se citaron por la tarde en el Instituto de Monelos para ver juntos unas fotografías que recuperan la memoria histórica del barrio, fotografías hechas y coleccionadas por Pepe Temprano y expuestas en un soporte informático. Estudioso anónimo, gaiteiro, aficionado a la fotografía, Temprano removió los recovecos de su memoria, luego se fijó en sus cajones y encontró las reliquias que en su momento el obturador tuvo tiempo de recoger y almacenar. Asegura que entre las cuarenta fotografías hay muchas que provienen de la colección, algunas son recortes de prensa, de La Voz y otras han sido compradas en el Rastrillo. El emblemático barrio que hoy se levanta y se acuesta con los bloques de hormigón, con ruido motorizado de los coches, fue, según lo recuerdan los asistentes a la exposición, un lugar de paz, un lugar que englobaba no sólo el barrio de Monelos sino el viejo Concello de Oza. De aquellas calles enlosadas, como la de A corredoira da iglesia; de aquellos personajes míticos como Manolo con su organillo que «alegraba las calles» como reza el pie de foto de Blanco; de aquellas antiguas viviendas, con la torre de la Telefónica recortando parte del cielo o reflejándose en el caudal lento y señorial del río Monelos; sólo queda un recuerdo nostálgico. Discrepancias Si la fotografía es fiel a la realidad, por lo menos las de antes, la memoria a veces falla. Así ocurrió ayer en el curso de la exposición. Al aparecer en unas de las instantanéas un puesto de madera, varios se preguntaron si eran guaridas de consumo o no. Hubo dudas y discrepancias hasta que uno de los asistentes zanjó la cuestión. «Son guaridas de consumo», explicó. En ellas se cobraba el impuesto municipal sobre el alcohol, la carne, el vino. «Los comerciantes tenían la obligación de abonar al Concello dichos tributos y los guardias vigilaban bien que no entrasen mercancías de contrabando como el alcohol », declaró.