HERCULÍNEAS | O |

01 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

A CORUÑA se convierte en un gigantesco atasco con cualquier excusa. En cuanto llueven cuatro gotas, la ciudad entera se colapsa en cuestión de segundos como por arte de magia. Un golpe de chapa y pintura en Lavedra o en Cuatro Caminos se convierte en una agonía al volante para miles de coruñeses. La ruta de las playas, cuando llega el verano, es una letanía de maldiciones sobre cuatro ruedas. Un día de fútbol cualquiera convierte el centro de la ciudad en una serpiente multicolor que se anima a bocinazos cada vez que el semáforo intercambia sus alegres colorines sin permitir un avance superior a unos pocos metros. La Semana Grande de las fiestas de agosto se llena de ruidosos sones de tubos de escape con la aparición de los ansiados -y cada vez más escasos- turistas. Los domingueros pagan su particular peaje en Guísamo o Macenda cada jornada festiva. Y así hasta un sinfín de hileras de conductores desesperados que se topan una y otra vez con la imposibilidad de salirse de la rutina de las retenciones. Por si fuera poco, los que intentan (intentamos) sobrevivir a esa sinfonía de cláxones y al olor a gasolina y aceite quemado, tienen una nueva cita. En la conexión de la A-6 con la A-9 está el nuevo templo de los atascos.