Gastar baldosa

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

05 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ANTES del Diluvio universal, que en Galicia viene a durar con obstinada regularidad desde octubre hasta mayo, se echan a las calles de la ciudad miles de paseantes, empeñados en gastar baldosa en las maltrechas aceras de A Coruña. Es como la fiebre del oro, pero al revés, porque el afán de esta marabunta de urbanitas no está en hallar filones, sino en pulírselos en las tiendas, en los quioscos, en las barras de las tascas y hasta en las vidrieras, digo en las terrazas, de María Pita. En otras latitudes se echan al monte. El coruñés, más manso y socarrón, prefiere echarse a la calle, porque en casa hace mucho calor o mucho frío, da igual, cualquier excusa es válida para pasar el cerrojo y dejar atrás el sofá, la parienta y ese gato loco que araña las sillas del comedor con manía persecutoria. El coruñés tiene que acumular millas en su cuentakilómetros antes del invierno de clausura. Salvo para que el Deportivo juegue en Riazor, al local no le gusta quedarse en casa ni por una gripe asiática. Lo de quedarse en casa, en A Coruña, es una especie de maldición bíblica. «Habrá que quedarse en casa», espetan, como si hablasen de la prisión de la Torre. Lo bueno es que ese piso en el que, al final no nos quedamos, nos ha costado una estratosfera y media.