El testimonio | Secundino Bouzas Este presidiario abandonó Teixeiro después de permanecer allí siete meses. Lleva otros tantos con el brazalete
30 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Secundino Bouzas lleva la prisión a cuestas, atada a una pierna. Y gracias. Podría ser peor. Podría estar todavía en una celda de la prisión de Teixeiro, donde entró en mayo del 2002 y de donde salió a principios de este año al ascender a preso en tercer grado. Luego llegó la pulsera. Secundino Bouzas es ese preso que jura no tener nada que ver con dos atracos a un mismo banco en 1992 y en 1994. Camina con un lastre que ni él ni su familia quieren arrastrar. Otro cualquiera, al salir de prisión, echaría bombas de palenque de felicidad. Pero él se retuerce de rabia y por mucho que cambió su vida a mejor desde que le pusieron la tobillera, la echaría al mar si le dejaran. «No puedes ni imaginarte lo que significa para un inocente estar atado a una tobillera», dice. Lleva varios meses sujeto al invento. En la playa es donde peor lo pasa. Secundino Bouzas se lamenta de la vergüenza que sufre, porque «los niños se quedan mirando y los mayores se dan codazos». A pesar de todo, la pulsera lo sacó de la cárcel y aunque sólo fuera por eso le está agradecida. En prisión lo pasó mal. «Ver a mis hijos tras un cristal me destrozó. Verlos allí, tragarse las lágrimas e intentar explicarles que su padre no es un hombre malo, no es un delincuente, que todo es una maldita injusticia, es muy duro». Depresión Desde que regresó a casa todo ha cambiado a mejor. Pero no a mucho mejor. Dice estar deprimido, triste. Trabaja, eso sí, pero le cuesta vivir, como si llevara un suéter de plomo atado a la espalda. Está así, según cuenta, «porque los días pasan, el indulto no llega, y es complicado reabrir el caso y descubrir a los verdaderos culpables de aquellos atracos». En esas está, en reabrir el caso, en investigar y averiguar quiénes fueron los atracadores para así descalzarse la tobillera. Hay una luz. Uno de los dos testigos de los atracos que en el juicio había señalado a Secundino como el autor de los robos ya no está hoy tan seguro. Después de ver su fotografía en los periódicos confesó a alguno de sus allegados que no se trataba del mismo hombre que en 1992 y en 1994 le puso una pistola en la cabeza. La historia de Secundino arranca el 20 de abril de 1992, cuando dos individuos atracaron la sucursal del Banco Central Hispano de Aguiño. Dos años después, de nuevo los mismos individuos, a cara descubierta, atracan esta sucursal en la que se encuentran como únicos testigos el director y el interventor, ya que ocurrió pasadas las dos de la tarde. En febrero de 1995, Secundino es informado de que se le acusa de estos atracos y se le toma declaración. Hasta aquí, su reacción es de sorpresa, incredulidad y total despreocupación, con la tranquilidad que tendría cualquiera que se sabe inocente y con la seguridad de que todo sería un error burocrático. A finales de septiembre de 1996, la policía lo detiene. Y en la rueda de reconocimiento, los testigos lo señalan como uno de los atracadores. Pasaron unos tres años desde la rueda de reconocimiento hasta el juicio. En la Audiencia Provincial, Secundino prueba que en las fechas de los atracos se encontraba a doscientos kilómetros de Ribeira, realizando una ruta de reparto en Ortigueira. Pero un nuevo reconocimiento de los testigos pesa más. Fue la única prueba inculpatoria. El banco no tenía cámaras ni se han logrado recopilar huellas.