Crónica | Recorrido por el Mercado Medieval La feria de la Ciudad Vieja estuvo ayer pasada por agua. Pero los visitantes dejaron allí las dos caras de sus monedas: la económica y la anecdótica
25 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.«¿Cuánto cuesta ese casco de guerrero?», preguntó una mujer armada con su paraguas. «200 euros», afirmó el dependiente que regenta el puesto El señor de los anillos en el Mercado Medieval de la Ciudad Vieja. La expresión de la clienta cambia y decide marcharse. En otros casos intentan negociar porque, a pesar de pasear por una época donde no existe el mercado libre, nunca faltan las incondicionales señoras que se obcecan en regatear el precio. Frente al puesto de armas, protegidas de la lluvia, las mujeres de la asociación de palilleras de A Coruña venden manteles de encaje por algo más de mil euros. «También tenemos cosas más baratas, como pañuelos de encaje desde 15», afirma una de ellas. Aunque en la Edad Media la reciente moneda única no sirviera para mucho, en este mercado no se puede conseguir nada sin ella. Para poder desvelar el futuro con las cartas del tarot y comprar un tónico para el amor o un cuadro con el nombre en árabe, se necesita llevar la cartera cargada de euros. Todo se vende y todo se puede comprar. Una bolsa con ocho caramelos artesanales cuesta casi dos euros y un jabón hecho a mano, que promete calmar el dolor de quien lo compre, más de tres. Aunque la mayoría de los comerciantes han acudido a ediciones anteriores de la feria y aseguran estar contentos con las ventas, este año temen los resultados «por el mal tiempo y los pocos días que estaremos en esta ocasión». Medievo y curiosidades Pero equipados con sus paraguas defensivos, estos clientes se van a la lucha por conseguir un artículo a buen precio. Y, entre batalla y batalla, aparte de un puñado de euros también dejan unas cuantas anécdotas. Con frecuencia, los visitantes del mercado asaltan los puestos con preguntas que descolocan a los dependientes. Estas pequeñas meteduras de pata son las que decoran la feria con momentos divertidos. Por ejemplo, un cliente despistado, en la caseta donde venden tortas de frutas secas, dudaba de si el pan de dátil tiene huesos o de si el de higo estaba hecho con arena. Otros se creen que el ambiente titiritero de la feria es sinónimo de psicotrópicos y no dudan en preguntar a los vendedores de los herbolarios si les venden un puñadito de marihuana o si la sabia se puede fumar. También los hay que quieren comerse las plantas o hacer su té particular con el incienso. En la sección de amuletos, las chicas demandan el del amor y los chicos el del sexo. Las modas también se dejaron ver en el mercado cuando el dependiente de las runas celtas se indignó porque un chiquillo seguidor de la saga de J. K. Rowling le preguntó «¿son las de Harry Potter?». Aunque está claro que en la feria no se usan ese tipo de encantamientos, nadie puede dudar de que en ella sí existe la magia.